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Comentario del evangelio: seguimiento sin cobardía El texto que hoy la Iglesia nos presenta nos pone ante el inicio de la narración que hace Lucas del viaje de Jesús a Jerusalén. El Señor se enrumba hacia el cumplimiento de la voluntad del Padre y, en este contexto, se hacen ver algunas de las realidades que ya le rodean, lo mismo que las condiciones propias del que desea unirse a su caminar. Poco a poco se abre paso Jesús hacia el destino final, esto es, su glorificación. Y lo hace enfrentando incluso la repulsa de algunos. En este caso, se trata de los samaritanos, pueblo originariamente gentil, descendiente de los extranjeros que fueron asentados en el reino de Israel a raíz de la deportación de israelitas del año 721 a. C. Santiago y Juan reaccionan duro ante la ofensa, pero Jesús sigue adelante. Pasan a otras aldeas mejor dispuestas y avanzan sin cesar. Sobre la marcha, Jesús se ve obligado a presentar la exigencia propia del seguimiento. No disimula ninguna, todo lo contrario, es claro y transparente cuando se le pregunta. Ir tras Jesús implicará así una entrega plena. Nuestro Señor es claro y no oculta ninguna de las exigencias cuando debe hablar de los requisitos de quien desee unirse a su marcha. Ahora, en el avance hacia la ciudad santa, hay uno que le habla de unirse a su grupo y pide tiempo para ir a enterrar a su padre. La piedad filial demostrada al enterrar a su progenitor es una realidad muy arraigada en el judaísmo. Es muy probable, por tanto, que Jesús no esperara que sus palabras se tomaran al pie de la letra, pero sí que dieran paso a una fuerte reflexión entre quienes le escuchaban: que el espiritualmente muerto se quede entre los que físicamente nos han dejado y, si se anima al discipulado, que no mire ya hacia atrás. Clave es aquí la expresión “sígueme”, que dirige el Señor a uno de los que se acercan a preguntar. Y decisiva la fuerza de la expresión del Maestro. Aquí recuerdo una expresión de San Josemaría Escrivá, cuya fiesta se celebró el pasado martes, cuando escribía en torno al llamamiento: “Si ves claramente tu camino, síguelo. ¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene?” (C. 903). Una expresión que, dentro de su claridad, nos anima a vivir ese “sígueme” con fuerza desde nuestro lugar y a partir de la propia vocación. Ojalá que este texto de Lucas que hemos mirado nos anime, desde nuestro aquí y ahora, a responder mejor al llamado al discipulado y a dedicar lo mejor de nosotros, de acuerdo a nuestra estado de vida, a una labor que no admite atrasos ni miradas hacia atrás: construir Reino. P. Mauricio Viquez Lizano.
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