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/LA NACIÓN

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Yo no solo soy yo, sino yo y mis circunstancias –Ortega y Gasset

Róger Churnside
Economista

Demasiado de vez en cuando, don Claudio Gutiérrez, exrector de la Universidad de Costa Rica, nos pone a pensar mediante artículos en esta página. Tal vez él no se ha dado cuenta, pero casi siempre he reaccionado a sus planteamientos, los cuales considero de gran valor para discusión pública, aunque pienso de modo diametralmente opuesto. En esta oportunidad, voy a intentar algunas reflexiones sobre su más reciente escrito en esta página, “Los 200 sabios y el futuro” (19/1/07).

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/LA NACIÓN

La tesis básica de don Claudio es que el futuro social es imprevisible y la planificación colectiva es pura ilusión o necedad; por tanto, solo cabe dejar en libertad a los individuos para que hagan lo que puedan y quieran para desarrollar sus vidas. Entiendo, por supuesto, que, en un artículo periodístico, es indispensable caricaturizar las ideas; lo cual se eleva al cuadrado en cualquier comentario de tales artículos. Consecuentemente, doy las disculpas pertinentes a don Claudio y los lectores quedan advertidos al examinar lo que escribo a continuación.

Susceptibilidad a previsión. Respecto a la dificultad o imposibilidad de prever el futuro, me parece que don Claudio incurre en una ambigüedad o dicotomía que confunde a sus lectores. Es ciertamente imposible prever lo futuro en su totalidad y sus detalles. Pero, entre tales extremos hay numerosos componentes intermedios o partes que no solo son susceptibles de previsión, sino que han sido previstos por diversos analistas. Por ejemplo: Marx previó –con 100 años de anticipación– el proceso de “enajenación” del trabajo asalariado, que autores como Harry Braverman verificaron en la segunda mitad del siglo XX. George Orwell (1903-1950) pronosticó la emergencia de ciertos patrones, acontecimientos y políticas sociales con gran precisión, más de tres décadas antes en su famoso libro intitulado 1984; Alvin Toffler escribió cuatro obras, entre 1970 y el 2000, en las que describió numerosos fenómenos económicos, sociales y políticos que han venido materializándose.

Dice don Claudio que la planificación solo es posible en lo personal y los negocios particulares. De nuevo, si con ese término se refiere a detalles precisos, concordaría con él y más: ni siquiera es viable en lo personal y los negocios. Sin embargo, la planificación opera parcialmente –con mayor o menor eficacia, aciertos y errores– en todos los ámbitos y niveles de la vida. Por ejemplo: no conozco evidencia empírica que muestre que la planificación solo funciona en empresas privadas y no en organizaciones públicas; ni siquiera está comprobado que funcione relativamente mejor en empresas privadas.

Un ejemplo sesgado. El caso de Mendel, que cita don Claudio para contrastar lo individual con lo colectivo y destacar que lo segundo suele inhibir el desarrollo de lo primero, está sesgado; si recuerdo bien, Mendel (1822-1884) era un fraile; y todo su trabajo sobre herencia e hibridación de vegetales se realizó en el contexto de –es decir, apoyado en– un monasterio. Tales organizaciones eran antecesoras de las universidades públicas en Europa; y sería interesante determinar cuál fue su relación con la “sociedad científica” que archivó los estudios.

Con base en esa separación artificial e irreal –casi conflictiva– entre individuos y sus contextos sociales, don Claudio termina proponiendo este principio básico de política educacional: “Demos educación a las personas, pero no pretendamos decidir por ellas. . . Dejemos. . . a los niños de hoy inventar a su arbitrio la ciencia del futuro”. Se desentiende de aquella famosa sentencia de Ortega y Gasset: “Yo no solo soy yo, sino yo y mis circunstancias”. No reconoce que lo humano se realiza esencialmente en el diálogo entre hombres, mujeres, niños y la naturaleza. Y no somos diálogo solo entre vivos: también somos diálogo con los muertos, a los cuales debemos enterrar con todo respeto; en esto consiste, precisamente, la historia que don Claudio parece subestimar.

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