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El respeto

La trágica historia de Líbano enseña una dura lección a Costa Rica

José Zaglul


El origen de mis padres me ha acercado, a lo largo de la vida, al Medio Oriente. En Líbano estudié 8 años y muchas veces he regresado a ese país y a la región para visitar a tíos, colegas y amigos de la universidad. Esto me ha permitido ver la transformación de un país pacífico que, debido a mareos políticos, propios y ajenos, ha perdido mucho de su identidad y ha dado espacio a la violencia en lugar del diálogo. Esta oportunidad, combinada con el haber nacido en la Costa Rica de mediados del siglo XX, me ha permitido comprender que cuando una sociedad pierde el respeto, la opción de la negociación y del diálogo, su destino se sale de control, empieza a dar tumbos y acaba por perder su rumbo.Si bien, en los últimos tiempos, en el país hemos propiciado y permitido que la corrupción y la pérdida de compromiso social penetre las instituciones y organizaciones, como ciudadanos debemos actuar en forma tal que juntos podamos sanearlas, devolverles su sentido de misión, de servicio a la sociedad y de transparencia.Si no estamos conformes con esa realidad, debemos estar conscientes de que es producto de nuestras acciones y decisiones, de nuestro comportamiento como miembros de una sociedad –desde la ciudadanía, desde la función pública o desde el sector privado–, algo que a veces nos cuesta entender.

Oportunidades. Hace poco más de un año, gracias al sistema democrático, los costarricenses tuvimos ocasión de volver a tomar decisiones acerca de quién nos gobierna y, como pocas veces en la historia reciente, recibimos de los políticos claridad de propósitos y posiciones respecto de temas medulares como el Tratado de Libre Comercio con EE. UU. (TLC) o la senda de desarrollo que se nos proponía.

Por otro lado, en la Asamblea Legislativa, las fracciones de los distintos partidos están trabajando arduamente, sesionan con responsabilidad, estudian los temas, dialogan y muestran transparencia, entrega y preocupación genuina, cada una desde la perspectiva que mantiene en torno a los temas que se discuten.

Podemos compartir o no las decisiones que toman nuestras autoridades y legisladores, pero hay un aspecto que debemos reconocer: nos representan a todos. Ahora estamos recogiendo el resultado de decisiones nuestras, al escoger a un grupo de ciudadanos para que nos representara en la Asamblea Legislativa y en el Poder Ejecutivo. Nuestro deber es respetarlos y respetar la institucionalidad.

Obligaciones. En torno al TLC, existen divergencias de opinión fuertes, como las hay alrededor de otros temas pero, así como tenemos derechos ciudadanos a manifestar nuestras posiciones, tenemos también deberes y obligaciones.

Si bien es cierto que la decisión está en manos de los diputados, a quienes estemos en acuerdo o desacuerdo con el Tratado, o con otros proyectos, nos asiste el derecho a expresarnos y de incidir en las decisiones de los representantes, pero no puede ninguna organización o persona pretender ir más allá de eso. Tenemos derecho a expresar oposición o respaldo, a canalizar propuestas, a acudir a las instancias democráticas y pacíficas que consideremos apropiadas para plantear nuestras posiciones, pero en ninguna circunstancia debemos amenazar la estabilidad y el sistema democrático del país.

Vía equivocada. Ya muchos otros pueblos y regiones nos han enseñado que, cuando se pierde el respeto a las instituciones democráticas y a la decisión de las mayorías, la anarquía conduce al conflicto, la autodestrucción, la ingobernabilidad y la pobreza. El camino de regreso hacia la paz y el entendimiento puede tardar décadas.

Son válidas todas las manifestaciones pacíficas que según los criterios de respeto y democracia decidamos llevar a cabo, no así las invitaciones a la confrontación y a la violencia. En los últimos 60 años, como pueblo, hemos elegido la paz, el diálogo y el respeto, y encontramos en esta decisión una senda de éxito. Hoy, de manera inteligente, debemos aprender de otras experiencias la trascendencia de mantenernos en ella y no provocar la ruptura del equilibrio democrático. Costa Rica ha ido forjando su rumbo y se ha convertido en ejemplo para el mundo.

En lugares como el Medio Oriente, ese error sigue costando vidas. Con dolor, esa región ha vuelto a sumirse en un proceso de deterioro y el diálogo es cada vez más difícil. Creo que en lo que me resta de vida con dificultad podré ver la anhelada paz en esa región y, desgraciadamente, es poco lo que yo puedo contribuir en ese caso. Por eso creo que en Costa Rica no debemos renunciar al respeto como principio fundamental del sistema democrático, respeto al que manifiesta su discrepancia y respeto a la institucionalidad establecida por nosotros, y cuya determinación debemos todos aceptar al final de este largo proceso de debate.

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