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Serenidad

El demócrata piensa y se manifiesta, mientras que el matón provoca

Jacques Sagot
jacsagot@gmail.com
Pianista

Producir una disonancia es la cosa más fácil del mundo: basta con dar un porrazo sobre el teclado a puño cerrado. Crear una consonancia requiere una mano serena y discriminante.

Nadie, nunca, ha podido estrechar la mano con el puño cerrado. Los puños cerrados sirven para golpear, ocultar o aferrar. Eso es todo.

Si el ser humano es ya de por sí inflamable, la multitud es combustible puro. Basta con una pequeña ignición (la rabia de un solo individuo) para desencadenar la más devastadora de las conflagraciones. Encender un cerillo toma un segundo; apagar un infierno puede tomar siglos.

Los surcos labrantíos se pueden transformar en trincheras… de ahí a la fosa común no hay más que un paso. Cuando la tierra no se abre para acoger la semilla, generalmente lo hace para acoger cadáveres.

No importa si son las del labriego sencillo o las del militarote que se mueve a punta de fierros y bisagras: armas son armas. No creo en el romanticismo de “la tosca herramienta”. No me mueve a reverencia la honda de David. No me deslumbra la guerra intergaláctica. Entre una piedra y un lanzallamas hay una diferencia de grado, no de esencia.

La Fuerza Pública. Manifestar es una cosa, provocar es otra. La manifestación puede ser enérgica, vehemente e ideológicamente eficaz. La provocación es débil y conspira contra su propia causa: el sistema simpático no piensa (y es lo que lo hace tan antipático). Está ahí para desatar la furia o defendernos de la agresión. Manifestarse es un privilegio, una de las grandes prerrogativas de la democracia. Individual y colectivamente. ¿Provocar? Eso lo hace cualquier matón recostado a la puerta de una cantina.

En Costa Rica la fuerza pública está para vigilar, no para agarrar a macanazos todo cuanto a su alrededor se mueva. Su vocación es civilista, no represiva. Los policías no tienen derecho –repito– no tienen derecho a perder la cabeza ni ante una ni ante mil provocaciones. El insulto de un manifestante no queda registrado en ninguna parte. La reacción del policía, en cambio, le da la vuelta al mundo. Precisamente en virtud de esta asimetría resulta infame irrespetar a los miembros de la Fuerza Pública. Ellos también son costarricenses.

Por favor, no regresemos a la “escuelita de la niña Pochita”. Con muecas, apodos y payasadas no se construye un proyecto de desarrollo. Para eso están las piñatas.

Surcos, no trincheras. La expresión “nosotros no vamos a cejar” –venga del lado que venga– merece una reflexión. ¿Quién es “nosotros”? Todo el que habla en primera persona del plural va por mal camino. Mil veces prefiero el “yo no voy a cejar” que el “nosotros no vamos a cejar”, donde el declamador pretende dar voz a todo un pueblo.

El momento crucial en una democracia es el paso de la militancia partidista a la conciencia ciudadana. Es aquí donde se ha atascado nuestro país. Los partidos están para ser trascendidos, las insignias, para ser guardadas durante cuatro años.

¿Para qué máscaras, para qué pasamontañas? ¿No es el objetivo de una manifestación dar la cara, decir “aquí estoy”? Esto no es el Carnaval de Río o unbal masqué de los tiempos de María Antonieta. Disfrazarse para una manifestación es como mandar un anónimo: negar el propio rostro, esquivar la responsabilidad inherente al ejercicio de la palabra. Ahí está el cielo: alto, azul, ilimitado. Los clamores están hechos para subir, no para bajar. El que quiera hablar que lo haga a viva voz y con el rostro descubierto.

No me asustan los conflictos. Una sociedad sin conflictos es una sociedad enferma. La política es precisamente eso: la ciencia –y también el arte– de vivir en el conflicto. ¡Pero atención: conflicto no es guerra! Si hacemos política es precisamente para no llegar a los mazazos. No hagamos del ágora un campo de batalla. Desde el paleolítico estamos tratando de aprender a divergir sin caer en la violencia. No lo desaprendamos en un día.

Costa Rica es un país de surcos labrantíos, no de trincheras.

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