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Al grano Édgar Espinoza eespinoza@nacion.com Acabo de hacer algo inusitado. ¡Me encantan las cosas inusitadas! (Bueno, salvo raparme a lo Britney Spears o volverme modelo porno). ¡Me fui de safari astronómico! La plataforma de lanzamiento fueron los humedales de Palo Verde, Guanacaste, donde, gracias a que la Luna andaba de paseo por el Sol, las noches son más profundas. Y más libertinas. Así que, vía telescopio, me hice al espacio desde el ocaso hasta el alba con paraditas apenas para el café sideral y la orinadita virginal. La única condición para esta travesía interestelar, organizada por CIENTEC, era no dormirse, todo un reto para mí que nunca, ni en mis tiempos de irredenta soltería, trasnoché, y no por virtud, sino por un defecto incorregible en mi relojería biológica que, a cierta hora, se le cae el sistema y ¡hasta ahí! Al final acepté el desafío algo saltón no sé si por los escorpiones, leones y osas del cielo, o por las “picacaballo”, alacranes y saínos del suelo, adonde nos tiraríamos, boca arriba en la intemperie, a escrutar el infinito. Tras el Sol, que encabezaba la comparsa cósmica antes de derretirse como un helado en el horizonte, Mercurio y Venus nos presagiaron una velada planetaria y estelar de lujo. El siguiente en la pasarela fue Saturno, el dios de los anillos, bien escoltado atrás por Júpiter y sus lunas, otra gema en el firmamento solapada esa noche entre Escorpión y Sagitario. Y de último, con el amanecer sobre sus hombros, Marte, viendo a las Espátulas Rosadas, Patos Chancho y Cigueñones de Isla de Pájaros remolcar el Sol hasta la montaña. Durante dos noches enteras nos enseñaron a leer el cielo, a desmembrar su mitología de diosas y a descifrar los enigmas de su coreografía, aunque, en lo particular, aprendí a mi manera, pues cuando el comandante de esta misión espacial, el físico José Alberto Villalobos, me hizo el examen final, solo pude recordar la constelación Pupis por su forma de sostén de mujer; a Draco, por su parecido a un matamoscas; a Auriga, porque es ver una bolsa de chorrear café; a Lyra, por sus contornos de cajeta de coco… Lo más sorprendente, sin embargo, estaba por venir. No bien nos acomodábamos para el segundo acto de esta obra ignota, una enorme bola de fuego azulada partió en dos el cielo sur, y cuando todos jurábamos que impactaría a Nicoya, se deshizo en chispas. Minutos después, ahora por el este, un punto luminoso que caía asido a una telaraña de vapores sobrenaturales le puso pimienta a la excursión al dejarnos, pese a lo aprendido, más diminutos que nunca ante el misterio de la creación.
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