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EN VELA Julio Rodríguez envela@nacion.com Se repartió, el 16 de febrero pasado, un “comunicado del clero de la diócesis de Tilarán”, cuyo titular, monseñor Girardi, quien obviamente no lo firma, es, para honor de la Iglesia Católica de Costa Rica, un filósofo y teólogo de primer nivel, como otros dignísimos e ilustrados sacerdotes de nuestro país. Me refiero también a este documento por cuanto suelo prestar atención especial a los escritos de quienes, desde posiciones estratégicas o de poder, en la política o en la religión, están llamados a ser ejemplo, luz del mundo y sal de la tierra. ¿Qué hacemos cuando la sal se disipa o la luz apenas titila? Esperábamos de estos 19 sacerdotes, lanzados al ruedo, curiosamente unos días antes, como los 33 curas de Alajuela, de la manifestación del 26 de febrero contra el TlC, una posición iluminadora. Esperábamos, sobre todo, una referencia al reportaje de La Nación del domingo pasado sobre el descenso vertiginoso de los matrimonios católicos y sobre la desintegración de la familia en Costa Rica. Pero, no, estos son, al parecer, temas políticamente incorrectos. Hay que estar a la moda, y la moda, hoy, no son los valores y los grandes principios. La mejor prueba de ello es que el comunicado de estos 19 sacerdotes de Tilarán versa sobre la proclama de los 33 sacerdotes de la diócesis de Alajuela, tampoco suscrito por su obispo. Al proceder así, guiados por la ideología, hacen suyos los graves errores cometidos por los curas de Alajuela, cuando expresaron que “el surgimiento” de los problemas sociales, religiosos (católicos) y morales de Costa Rica provendrían del TLC, sin advertir lo elemental: que estos angustiantes males están encarnados ya en nuestra sociedad y que son, todos, absolutamente todos, culpa nuestra, de los políticos, de los Gobiernos, de la sociedad, de los católicos y de los no católicos. Nuestro deber, entonces, es combatirlos, en vez de andar en busca de chivos expiatorios, como el TLC o los PAES. El documento de los curas de Tilarán contra el Gobierno y a contrapelo de la realidad nacional, además de dar alas a la lucha de clases, repite, punto por punto, los “argumentos” del PAC y de algunos sindicalitas, con salpique de citas papales o episcopales. El cierre es revelador: presenta la manifestación del lunes próximo como “un pulso entre las fuerzas antagónicas” para concluir así con una bendición: “...esperamos no degenere en más (sic) violencia”. ¿Crisis de autoridad? ¿Crisis de fe? ¿Crisis intelectual? ¿Crisis moral? Que contesten los expertos, pero esta confusión de conceptos y de principios, y esta mezcla de altar, de política y de ideología, con desdén de lo esencial, no nos lleva por el buen camino. Para nosotros, los pecadores, es una mala señal.
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