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Comercio sangriento Negar genocidios, holocaustos y otras atrocidades no favorece la ley y la toleranciaRobinson Rodríguez Herrera Médico A propósito de la películaDiamantes de sangre , vuelve a mimemoria una conferencia presentada, durante un curso de posgrado en Japón, en la que el doctor Carlos Alvarenga, eminente cirujano pediatra de El Salvador, relató a los que participamos su experiencia en el tratamiento de las amputaciones causadas por heridas de guerra, en los pequeños, a lo largo de los años que duró el conflicto. Comentando sobre el tema de los “niños soldados”, cuyos rostros podemos distinguir en las fotografías de innumerables guerras, en distintos puntos del planeta, desde los Balcanes hasta nuestra América Latina, comprendimos que por su flexibilidad, pequeño tamaño, energía y lo relativamente fácil que puede ser el adoctrinarlos, estos soldados infantiles son capaces de realizar tareas que de ordinario un adulto rechazaría. Recordemos cómo, en la pasada guerra entre Irán e Iraq, cientos de miles de niños abrían paso a los ejércitos con su sacrificio en los campos minados. Los comandos más encarnizados de los Jemeres Rojos estaban formados por niños secuestrados de sus familias, vejados cruelmente y adoctrinados en el odio y el homicidio. Codicia corruptora. Esta película contiene un testimonio cruento que se desarrolla en torno al drama de un padre de familia, a quien la guerra separa de los suyos y lo convierte en esclavo en los campos de diamantes, al servicio de los “señores de la guerra”. El genocidio ocurre a vista y paciencia de los poderosos, como ocurre el contrabando de los diamantes, hacia las tiendas exclusivas del primer mundo. La codicia corrompe el alma de los políticos igual que las conciencias de los mercenarios. Hay un par de secuencias donde se hacen las concesiones comerciales de rigor en la trama, para dar lugar a la figura clásica del truhan redimido por la dama idealista. Punto flojo, en mi opinión, es el tono y duración de una escena de conversación telefónica, pues no sé por qué me vuelve a un símil de un diálogo de Titanic. La fotografía esta magníficamente lograda y existen escenas memorables, como la del niño sin piernas que observa emocionado cómo otros juegan con un balón en un campo de refugiados. Hacen falta obras de esta talla para conjurar la historia del olvido, para reflexionar y emocionarse. No es negando o relegando los genocidios, holocaustos y otras atrocidades como aprenderemos a construir el sendero de la ley y la tolerancia. Solo entonces, tal vez, podamos vivir realmente en paz, algún día.
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