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Enfermos y sus parientes aprenden a leer y escribir Servicio de Trabajo Social detectó la necesidad de ayudar a los aseguradosCasi 40 alumnos hay este año; son de todas las edades y de todo el país Ángela Ávalos R. aavalos@nacion.com Aquella tarde no fue la primera en la que Amalia Benigna Mora Cordero, de 56 años, se vio perdida entre buses, carros y edificios del centro de San José. A su edad, no sabe leer ni escribir y por eso no puede descifrar los rótulos de los buses. Recuerda que pidió ayuda, y un “hombre malo”, para burlarse de ella, la mandó al bus equivocado”, contó en la tarde del 2 de febrero. Ese día, junto a otras 40 personas, asistió a la lección inaugural de Aula Abierta, programa que el Servicio de Trabajo Social del Hospital San Juan de Dios creó para sus pacientes y familiares.
Amalia Benigna se ha sonrojado cuando sus nietos le piden que les cuente un cuento. “Dios primero, ¿verdad?, lo lograré. ¡Viera usted la sed de leer cuando vi a mis hijas aprendiendo!”, dijo. Sus dos hijas ya están grandes y le dieron nietos. Ellas la animaron a matricularse en el programa. Lo inició el Servicio de Trabajo Social del hospital San Juan de Dios hace tres años. “Vimos que muchos no podían leer las etiquetas de las medicinas y se nos dificultaba mandarles instrucciones sobre tratamientos. Queremos aprovechar el programa para enseñarles, a través de las lecturas, hábitos de vida saludable”, explicó Ana Josefina Güell, jefa de Trabajo Social. Apoyos. La mayoría de los alumnos del programa se atiende en el área de referencia del Hospital San Juan de Dios, que corresponde a los barrios más pobres del sur de San José y de otras partes del país. Algunas entidades apoyan el programa, como la Universidad Interamericana, que envía alumnos a hacer las prácticas docentes allí. El Ministerio de Educación Pública también lo cuenta dentro de sus programas. La Biblioteca Pública de Tibás presta las aulas. Allí asisten todos los días y se dividen por niveles: primero, segundo y tercer ciclos. El coordinador es el docente Ramiro Bolaños Cordero. Como paciente del hospital, conoció la iniciativa y ofreció sus servicios. “Este es un proyecto de alfabetización para las personas más pobres. Se empezó en el 2005 con seis estudiantes, y hoy hay más de 40”, explicó Bolaños. Se reciben fondos de una fundación que nunca ha querido revelar su identidad. Así se compra material didáctico y se pagan los pasajes de las personas más pobres. Más allá. Se procura contar con el apoyo de organizaciones como el Instituto Nacional de Aprendizaje, para que estas personas puedan tener una oportunidad real de superar su condición socioeconómica. Güell se imagina a jóvenes como Wendy Torres, de 22 años, mejorando su lectura y escritura y luego siguiendo algún curso que le permita ser un buen apoyo para su esposo Hansel Alvarado y su hija de seis años, Alison. Wendy sacó el título de primaria cuando era niña. Se lo dieron para ayudarla, según contó. Sin embargo, no puede leer palabras con una construcción muy compleja. “Ella no puede trabajar por eso. Solo duró dos meses en un trabajo porque no sabía leer. Más bien duró mucho”, contó su esposo. Los alumnos de Bolaños van de los 18 a los 70 años; pero, según indicó, han tenido estudiantes hasta de 13 años. La mayor es Isabel Zúñiga Muñoz, de 70 años. Este año, doña Isabel pretende terminar el sexto grado. Su infancia la pasó en Nosara, Guanacaste, donde no había escuela.
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