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Ardides van de lo ridículo a lo increíble Otto Vargas M. ovargas@nacion.com Al calor de la plática y los chistes, aquel grupo de electricistas terminó por convertirse, para el vigilante de unas oficinas en San José, en nuevas amistades. “¿Por qué no va comprar pancito mientras nosotros preparamos el café. Vaya tranquilo; nosotros cuidamos”, le propuso uno de los trabajadores. Solamente a su regreso, cuando encontró el local abierto de par en par, el guarda comprendió que algo andaba mal. Varias computadoras y artículos de oficina habían desaparecido, y de los electricistas no quedaba rastro alguno. Ese ardid ha sido empleado en al menos dos de los robos en los que participaron falsos empleados. Los sujetos han demostrado ser maestros en el arte del engaño; sin embargo, en otra propiedad, el guarda les impidió el acceso. Molesto, uno de los falsos trabajadores le advirtió que llamaría al encargado –le mencionó el nombre de su patrón– para quejarse. Otro de los malhechores contestó el teléfono como si fuera el encargado y, tras un regaño, ordenó al guarda que abriera los portones. Tretas. En uno de los casos, una recepcionista le pidió a un grupo de “remodeladores” que esperasen el arribo de uno de los jefes. Mientras permanecían en una pequeña sala, dos de ellos le solicitaron el servicio sanitario; un tercero entabló una animada charla con la trabajadora. Cuando sus compañeros regresaron, hubo un súbito cambio de planes pues anunciaron que regresarían más tarde. Partieron con una serie de bienes escondidos entre sus vestimentas. En varios casos, el personal de las compañías afectadas incluso participó en las inspecciones o mediciones de los falsos técnicos, sin saber que el sujeto que quedaba fuera de su vista era un ladrón. “Debe existir malicia por parte del personal de seguridad”, recomendó un policía judicial.
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