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La lógica estalinista

Las sospechas no a partir de datos objetivos, sino de la interpretación de las intenciones

Laurencia Sáenz Benavides


Es particularmente inquietante constatar la reaparición de una manera de pensar típica de los tiempos estalinistas. La suspicacia de la cual son objeto las diputadas Evita Arguedas (ML) y Mayi Antillón (PLN), por parte del secretario general de la ANEP, Albino Vargas, de su homólogo de Undeca, Luis Chavarría, y del diputado del Partido Frente Amplio, José Merino del Río, es digna de preocupación, sobre todo por el significado que reviste. Se sospecha de corrupción de las diputadas, no a partir de datos objetivos que puedan constituir una prueba, sino a partir de la interpretación que se hace de sus intenciones.

Cualquier persona que esté vinculada con un sector favorecido con el TLC amerita esa desconfianza, piensan los inquisidores. Y esa desconfianza no concierne más que a las intenciones de un sector vinculado con el poder económico, como si la posición del campo adverso no pudiera precisamente estar también motivada, entre otros, por intereses personales de posesión del poder.

Sin duda alguna, esta inquietante manera de determinar las intenciones de los hombres y mujeres políticos en función de su proveniencia o vinculación con el poder económico, es también una de las nefastas consecuencias de la corrupción pública que ha minado la confianza de los electores en sus representantes: los cargos de corrupción por los que han sido encarcelados dos expresidentes de la República y el recientemente revelado escándalo de la venta ilegal de propiedades del IDA, originalmente destinadas a campesinos, en el cual se ve indirectamente implicado el presidente Óscar Arias Sánchez.

Aniquilación del burgués. Las intenciones del hombre y mujer políticos son ya un problema en sí, sobre el cual merece la pena reflexionar. Sin embargo, la sospecha de la que son objeto las diputadas Evita Arguedas y Mayi Antillón establece entre sus intenciones y la corrupción una relación de necesidad. Vemos resurgir así la esencialización de la persona por la que se caracteriza la lógica estalinista: según esta, la única dimensión del burgués es ser burgués, es decir, buscar el enriquecimiento propio usando el poder político como medio de dominación.

El burgués no puede tener otra intención. Y la prueba irrefutable de esto es una prueba matemática, de la cual no se puede dudar sin caer en la ingenuidad: basta con calcular las ganancias económicas con las que el burgués sale beneficiado. Por eso es que en realidad el burgués no puede desear otra cosa que su enriquecimiento propio. No puede porque no es más que un burgués, y, como la prueba radica en un cálculo matemático, de ella no cabe la menor duda.

Se llega entonces al razonamiento siguiente: 1) El mal de la sociedad viene de la explotación burguesa. 2) El burgués, al no ser nada más que un burgués, no tiene otra intención que participar en esa dominación. 3) El burgués es, por lo tanto, un enemigo esencial. 4) Por consiguiente, el único modo de erradicar el mal consiste en la aniquilación del burgués.

Sospecha y acusación. Esta es la lógica, que muchos creen ya trasnochada, pero que parece seguir actuando en el inconsciente de un pensamiento fanatizado. La relación de necesidad causal que se establece entre la intención de un actor político y la lamentable realidad de la corrupción tiene, además, otra consecuencia: al ser la intención necesariamente culpable, la sospecha no es mera sospecha, sino ya acusación e inculpación al mismo tiempo.

Tanto la corrupción, como la lógica estalinista, que parece ocupar cada vez más el discurso sobre lo que acontece en la vida colectiva, ponen en peligro una idea cuyo valor es inestimable. Esta idea es la libertad.

Y, cuando ya no se cree en la libertad, la cual implica la posibilidad de albergar dentro de sí múltiples dimensiones –por tanto, múltiples intenciones–, entonces el conflicto político entre diferentes partidos se reduce a un mero conflicto de intereses egoístas. En otros términos, el conflicto político ya no actúa, ni dice nada, a favor del bien común.

Entonces, nace la loca esperanza de un ser puro, cuya única intención puede ser el bien; la loca esperanza de un Mesías que anuncie la ilusoria purificación para una sociedad decadente: “se anuncia así la aventura totalitaria” (Claude Lefort).

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