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De Davos al Círculo de Montevideo


Daniel Zovatto


El 26 y 27 de enero pasado, mientras en Suiza se desarrollaba el foro anual de Davos, en Costa Rica, bajo el acertado liderazgo del ex- presidente Sanguinetti, y a invitación del presidente Arias, el Círculo de Montevideo celebraba su foro bienal. En tanto que en Davos se reunían más de 2.500 personalidades del mundo político, empresarial y de la sociedad civil, la cita tica congregó a varios de los ex presidentes latinoamericanos de mayor prestigio de nuestros días, de la talla de Ricardo Lagos (Chile), Fernando Enrique Cardoso (Brasil) y el propio Sanguinetti (Uruguay), el actual presidente colombiano Uribe, el expresidente español Felipe González, así como directivos de los principales organismos internacionales con interés y competencia en América Latina.

Mientras en Davos se discutía (a 10 grados bajo cero) sobre la necesidad de cambiar la correlación de fuerzas del actual proceso de la globalización (el mantra de este año fue la nueva ecuación de poder), a fin de distribuir mejor sus frutos y responsabilidades, además de conectar los diferentes riesgos y desarrollar aún más la conciencia de que todos estamos en el mismo barco y que, por tanto, ricos y pobres sufriremos las consecuencias del calentamiento global, en el “Davos tico” (a una temperatura mucho más agradable, por cierto) sus participantes ponían énfasis en la importancia y urgencia de la incorporación exitosa y urgente de América Latina al proceso globalizador.

Puesto que el comercio internacional fue uno de los temas centrales del foro alpino (como del de San José), Davos logró que 26 ministros de los principales países y bloques comerciales de la OMC acordaran reiniciar las negociaciones para alcanzar la liberalización del comercio mundial y llevar a buen puerto (ojalá que esta vez sea cierto) la Ronda Doha, a fines de este año. (Las negociaciones habían quedado congeladas por las fuertes discrepancias entre países ricos y naciones en desarrollo, agrupadas en el G20, sobre todo en relación con los subsidios agrícolas.)

Utopías regresivas. En Davos hubo oportunidad para la discusión de los temas básicos de América Latina, que abordaron primordialmente los presidentes de las dos economías más grandes de la región (Brasil y México), expresión una de la socialdemocracia madura ( Lula ) y otra de la corriente de centroderecha (Calderón). En un panel organizado por la CNN, donde también participaron el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, y el presidente de Alcoa, Inc., Alain Belda, se expusieron los puntos de vista, tanto con- vergentes como discrepantes, en las visiones de Lula y Calderón.

Lula puso énfasis en el Mercosur y en la integración sudamericana; expresó que la democracia y la defensa de objetivos comunes, como la presión sobre los grandes actores del comercio mundial, es la tarea principal de nuestros países. Calderón, por su parte, dijo (similar a lo planteado por Uribe en Costa Rica) que distinguir entre izquierdas y derechas era anacrónico. En su opinión, hoy la historia debe dividirse entre pasado y presente y, en esta línea, censuró las expropiaciones y nacionalizaciones de quienes desean volver, dijo, a dictaduras autocráticas, con lo que criticaba, y de manera tácita, a Chávez y Morales, y exhortó a crear un nuevo liderazgo en la región. Envalentonado por los pronósticos de Gold-man Sach en cuanto a que en el 2040 México estaría entre las cinco potencias económicas, Calderón propuso reformular el acrónimo Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) por el de Mbrics, para incluir a México entre el grupo de países que influirán decididamente en la economía y la política mundial de las próximas décadas. En contraste, Lula evitó formular críticas a Chávez y Morales; aludió a los proyectos comunes que Brasil está emprendiendo con Venezuela (Petrobrás con Pdvsa) e incluso se mostró comprensivo hacia la política de Morales de solicitar mejores precios para el gas.

En el seno del Círculo de Montevideo, la primera advertencia, y la principal en mi opinión, provino de Sanguinetti quien, citando a Paul Valéry, advirtió del peligro de que América Latina entre de espaldas al siglo XXI y andando hacia atrás; advertencia que complementó Cardoso cuando alertó sobre la tendencia, hoy presente entre algunas élites latinoamericanas, hacia las “utopías regresivas”.

Hubo plena coincidencia en que la globalización es una realidad que llegó para quedarse, por lo que lo inteligente no es preguntarse si se acepta o no, sino cómo insertarse en ella de forma estratégica. “O competimos, o nos quedamos atrás”, sentenció Sanguinetti de manera categórica. Asimismo, se alcanzó el consenso sobre la importancia del comercio internacional y, por ende, la necesidad de aumentar nuestra competitividad y ver los tratados de libre comercio no como una panacea, sino, a decir de Lagos, como instrumentos que deben utilizarse con inteligencia, para lo cual los países deben prepararse de manera integral.

Propuesta de Arias. También hubo acuerdo sobre la propuesta del presidente Arias de que el desarrollo debe partir de la educación y sobre su advertencia de que “el fracaso educativo de hoy es el fracaso económico del mañana”. En esta línea, Cardoso, Betancourt y González acentuaron que la educación debe ser la columna vertebral, la autopista hacia el desarrollo; insistieron en la necesidad de una educación de calidad para producir con eficiencia y exhortaron a reducir la desigualdad tanto en general como en este ámbito.

Los miembros del Círculo de Montevideo también subrayaron la importancia de lograr un cambio de mentalidad y fortalecer las instituciones, evitando los personalismos y liderazgos mesiánicos. Uribe advirtió sobre los riesgos de una posible regresión derivada de la polarización ideológica entre izquierda y derecha, que calificó de obsoleta e impráctica, pues, de no superarse, además de divisoria, dificultará el ingreso de la región a la globalización.

En mi opinión, es posible identificar una línea sincrónica entre los temas abordados en ambos foros en torno a cinco puntos prioritarios: (1) la globalización es una realidad económica, no ideológica, que llegó para quedarse; (2) es fundamental buscar una nueva ecuación de poder dentro del actual proceso globalizador, a fin de que funcione para todos y no para una minoría, como hasta ahora; (3) la urgente e imprescindible inserción de América Latina en la globalización de manera inteligente y estratégica pues, de lo contrario, quedará intensamente marginada (más de lo que está); (4) nuestra apuesta al comercio internacional debe ser alta, pero es condición sine qua non aumentar la competitividad de manera sustancial, lo que presupone priorizar la mejora en la educación, la estabilidad política y económica, la seguridad jurídica, el fortalecimiento de las instituciones y una drástica reducción de la pobreza y la desigualdad, y (5) la mejor estrategia para insertarnos en la globalización en condiciones favorables y sostenibles es contar con visiones de país de largo plazo, que comprendan una estrategia de desarrollo y unas cuantas pero fundamentales políticas de Estado. Solo así podremos dejar atrás las “utopías regresivas” y entrar al siglo XXI (que, por cierto, empezó hace rato) de frente y caminando hacia delante.

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