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Patria S. A. Fernando Durán Ayanegui Fui derrotado por un distinguido filósofo universitario en una especie de competencia dedicada a demostrar quién podía citar, en un discurso o una conversación, el mayor número de naciones ya desaparecidas. Resultamos, en cierto modo, jueces liquidadores de sociedades anónimas de las que cronistas distraídos apenas si dejaron constancia en textos hoy olvidados, como es el caso de la nación pechenega, a la que cierta enciclopedia describe simplemente como “pueblo de la antigüedad sumergido por la historia”. No fueron pocas, aun cuando omitimos las naciones indias de Norteamérica aniquiladas después de la revolución americana y las naciones euroasiáticas sobrevivientes, a las que Marx y Stalin llamaron “pueblos sin historia”. La historia colectiva es superior a la historia individual, afirma Witold Gombrowicz en su diario, opinión que tal vez resista un ajuste para hacerla, en nuestro tiempo, menos debatible o menos ambigua. ¿No preferiría el novelista polaco haber escrito simplemente que el comportamiento de una sociedad viene a ser el promedio de las conductas de los individuos que la dirigen? De esta manera acabaría teniendo razón pues algunas de las llamadas naciones democráticas contemporáneas son muy poco más que sociedades creadas para que sus dueños conserven un conveniente anonimato frente a unos accionistas minoritarios cuyo único privilegio consiste en ser convocados cada cuatro o cinco años a aprobar, en asamblea general eleccionaria, un informe de administración mal leído por politiquillos pegadores de banderas. Ya se sabe que las sociedades anónimas pueden desaparecer sin dejar rastro o cambiar de manos sin perder el nombre, lo cual no quita que las “naciones anónimas” conserven cierta capacidad para simular que eligen su destino inmediato, aun cuando sea tan solo para dejarles trabajo a los historiadores-registradores. También cuenta Gombrowicz de un prisionero del campo de concentración de Mauthausen, quien, enviado por los nazis a la cámara de gas, se salvó por pura casualidad a última hora. Relataba el sobreviviente que, en su marcha hacia la muerte, esta le parecía tan fácil que “sentía no haber tenido tiempo para comerse el pedazo de pan de la mañana”. Al leer la defensa que un reciente candidato a la vicepresidencia de la República hace del mercenario proyecto de construir un mega-casino-burdel frente al Teatro Nacional, se me ocurre que también una sociedad puede ser inducida a lamentar, en su camino hacia la muerte, no haber podido engullir un sucio y endurecido mendrugo final. Historia, en fin, pero ¿individual o colectiva?
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