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530 años después… aún vigente Un hombre dignificó la política como toda una profesión y apostoladoClaudio Alpízar Otoya Politólogo Hay quienes dicen que la política no combina con los principios y la espiritualidad; otros dicen que los políticos se acomodan a las circunstancias y que son por ello poco fiables; otros más creen que la política es sucia y corrupta. Por eso hoy quisiera escribir de un hombre que demostró todo lo contrario, que dignificó la política como toda una profesión y apostolado, que nació en 1477 y en este mes de febrero esta cumpliendo 530 años de su natalicio, que llegó a ser canciller británico, hombre indispensable y de consejos sabios en algún momento del rey Enrique VIII. Ese fue sir Tomás Moro, quien durante la vida supo integrar sus devociones con la vida de familia, y ambas con el trabajo político cotidiano. Fue abanderado de los más altos valores que deben ser ejemplo para los políticos actuales, sirvió hasta la muerte a su patria y a su rey, sin necesidad de abdicar a sus principios. Tuvo claro que la política se debía aplicar con el objetivo central del bien común, separada de la religión, que debía ser para el aspecto divino, pero ambas indelebles y mezcladas en la conciencia individual. Sabia apreciación. Alguna vez, cuando el rey Enrique VIII le visitó en su casa para pedir consejo, estando presente el yerno de Moro, este se admiró de tan distinguida visita, y después de la partida felicitó al Canciller por el aprecio y el respeto que el Rey tenía a su sabiduría, lo que debía llenarle de orgullo. A eso Moro contestó afirmativamente, pero a la vez dejó claro que ese respeto y aprecio durarían hasta el día en que le fuera útil, porque después podía pasar hasta lo más inesperado. Aquellas fueron palabras proféticas, que se cumplieron años después, cuando fue decapitado por anteponer sus principios, y negarse a aceptar al Rey como la cabeza y santa palabra de la Iglesia Católica en Inglaterra, así como a la anulación de su matrimonio con la reina Catalina, a la que cobraba no haberle dado un hijo varón heredero del trono, motivos principales de la separación que hasta la fecha se mantiene entre la Iglesia Católica y la Iglesia Anglicana. Pero lo más admirable de Tomás Moro fue que nunca negó ni desobedeció a su rey, inclusive hasta el día de su decapitación, cuando dijo: “Muero como buen servidor del Rey, pero servidor de Dios primeramente”. Virtudes y valores. Antes de su muerte y ante las diferencias con el Rey, prefirió renunciar, lo que le costó perder poco a poco toda su posición privilegiada y su riqueza materia; eso sí, a la vez, poco a poco fortaleció sus virtudes y valores y nunca que renunció a sus principios. Fue hombre crítico –en aquellos tiempos cuando era más difícil y tenía consecuencias funestas– de los políticos que, por miedo y sumisión, no se atrevían a encarar las situaciones políticas, que se limitaban a dar buenas y vacías palabras a los más necesitados, pero sin arriesgar en nada su comodidad, cuando un verdadero intelectual, sin prejuicios, se guiaría siempre por la verdad, haciendo todo lo posible por alcanzarla. Empero, hoy, en este mundo de relativismos, no todos pero sí muchos políticos contemporáneos, son más seguidores de Maquiavelo que de Tomás Moro. Ambos fueron contemporáneos con grandes diferencias: Moro no creía en las arbitrariedades del gobernante, lo que sí justificaba Maquiavelo; el primero creía imprescindible la moral en la política, el segundo la obviaba; Moro predicaba que el político debe mantener sus promesas y palabra, caso contrario de Maquiavelo quien pensaba que esto era relativo y dependía de lo útil que le fuese al Rey. También, Maquiavelo apoyaba todas las decisiones del Rey si lo beneficiaban, sin que importara para nada el futuro y los valores, Moro abogaba por el hombre como ciudadano del mundo y futuro ciudadano del cielo; a Maquiavelo le parecían bien los caprichos del Rey, Moro apostaba a un orden marcado por la razón de la ley divina. Santo y patrón. Uno escribió en su libro El Príncipe todo lo que el Rey era capaz de hacer, el otro en su libro La Utopía sobre lo que el Rey debía hacer; uno sirvió hasta la muerte a su patria y a su soberano, el otro al mejor postor. Moro antepuso sus valores, Maquiavelo, su interés. Aquel pensaba en la vida después de la muerte, el otro solo en la ciudad terrenal; uno pasó a ser santo y patrón de los políticos (1935), el otro se quedó en un simple manual de lo que es la política calculadora, sin valores, pero muy útil para quienes ostentan el poder sin ninguna espiritualidad ni respeto por la dignidad de los seres humanos. Por mi parte, yo seguiré apostando a los Moros, a pesar de que haya tanto aprendiz maquiavélico. ¿Y usted?
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