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Foto Principal: 955195
/LA NACIÓN

Olvidar el olvido

Una sociedad prisionera de conexiones ocultas no puede alcanzar el desarrollo

Fernando Araya
consulfe@hotmail.com
Administrador de negocios y escritor

¿Cuántas políticas públicas, leyes, decretos, reglamentos e instrucciones, llevan el sello de las particulares preferencias, inclinaciones, deseos y necesidades de quienes pretenden configurar el Estado a la medida de sí mismos o de los grupos a los que sirven?

Conspiración de los trepadores. A juzgar por las abundantes investigaciones e informaciones periodísticas en torno al uso del poder público para rentabilizar intereses privados, su número debe de ser casi infinito, tanto como el acumulado de disfraces, simulaciones, mitos, mañas y otros trucos, destinados a borrar los rastros del asalto al estado prohijado desde las más diversas corrientes políticas, ideológicas y sindicales. Quienes promueven semejante distorsión tejen la trama del quehacer público como si fuese su propiedad privada, pronuncian en su inconsciente las palabras “…el Estado soy yo…” atribuidas al Rey Sol, Luis XIV de Francia, y disfrazan sus andanzas en un despliegue retórico que utiliza “palabras elevadas –como justicia, soberanía, solidaridad, productividad, competitividad y eficiencia– con bajos fines…” (Wen tzu). Una de las vías para que las democracias se transformen en tiranías consiste en permitir la hegemonía de los más demagogos, audaces, temerarios y sin escrúpulos (trepadores), los cuales, durante años, cultivan el arte de crear y posicionar, dentro y fuera del Estado, relaciones ocultas para rentabilizar sus egos y posesiones. Esta es la conspiración de los trepadores, una página oscura nacida al combinarse la disfuncionalidad ética, las insuficiencias del sistema, la mediocridad y el silencio de quienes en el centro, la derecha y la izquierda, eligen ser sordos y ciegos.

Foto Flotante: 1506747
/LA NACIÓN

Estructuras paralelas. Una de las últimas evidencias respecto a la presencia de tales interacciones personales y grupales subterráneas, es la existencia de estructuras paralelas en el Ministerio de Educación Pública, asociadas a partidos políticos y a la tecnoburocracia. ¿Qué credibilidad puede lograrse al proclamar el carácter estratégico de la educación si se dejan intactas las relaciones que corroen la gestión de los recursos humanos y golpean la calidad del proceso educativo? ¿Puede alcanzarse el desarrollo humano integral cuando la educación es prisionera de la tecnoburocracia clientelista y de un segmento gremial que abandonó sus fines para transformarse en núcleo de ideólogos, engendros, ambos, de ultraliberales y socialestatistas? La desaparición de estructuras no oficiales en educación debe ser tan radical y contundente como la proclamada prioridad estratégica de ese sector.

La acción de conexiones ocultas, a través de las cuales se canalizan recursos y se determinan procesos de toma de decisiones, conduce a replantear un tema antiguo pero de permanente actualidad: la prioridad de la persona humana, olvidada y excluida en los maquiavelismos de las redes paralelas donde se la usa y se la desecha según sean las necesidades operativas de la acción corrosiva correspondiente.

Recuperación de la memoria. Si algo resiente la racionalidad de la convivencia social, es la ausencia de un prolegómeno personalista, ético antropológico, que evite la desaparición de la persona en abstracciones mentales y dificulte la creación de dinámicas organizacionales subterráneas, como las descubiertas en el Ministerio de Educación y en otras instituciones. Es fundamental recuperar la memoria, olvidar el olvido al que ha sido sometida la persona humana e insistir en su condición de fundamento, trama, tejido, cima de las relaciones sociales y muro de contención que hace desaparecer, por su sola presencia, la conspiración de los trepadores.

Privilegiar este nexo ético antropológico constituye el principio, la base y el fin del desarrollo. Si la sociedad costarricense ha de tener un futuro que valga la pena, este no debe prolongar la existencia de redes paralelas que denigran a las personas, inmovilizan la sociedad y feudalizan al Estado. Fracasar en esto equivale a un suicidio del que después sería doloroso y difícil resucitar.

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