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TLC y pymes: dos motores En el combate de la pobreza ha faltado el entrenamiento en nuevas destrezas y en capacidad empresarialLas pymes, urbanas y rurales, representan uno de los ejes básicos en la lucha contra la desigualdad y la pobreza Desde hace 26 años, Costa Rica adoptó una congruente política de apertura comercial. Sus beneficios son difíciles de contradecir: un crecimiento económico sostenido, atracción de grandes empresas internacionales, diversificación de la oferta exportable nacional, que llega ya a más de 3.500 productos, y multiplicación de las oportunidades de negocios y de progreso. Directa o indirectamente, las exportaciones sostienen la mayor parte de los empleos productivos y el mercado internacional abre perspectivas de futuro a nuestros profesionales y dinamiza las capacidades nacionales de servicios. Hacia la exportación se dirige casi el 50% de todo lo que producimos. Costa Rica se ha convertido en uno de los países de mayor capacidad de exportación per cápita en toda América Latina. Esos son hechos comprobados que apuntan a una dirección irreversible de nuestro desarrollo. Sería realmente insensato cambiar de rumbo. Cabría, entonces, preguntarse por qué el ingreso promedio de los sectores más pobres de la población fue experimentando una caída cada año del 1%, precisamente en estos mismos 26 años, de tan gran aumento en la creación de riqueza, cuando los sectores de mayor poder adquisitivo aumentaban año con año en un 4% sus ingresos, como lo establece la Encuesta de Ingresos y Gastos (ENIG) del INEC. En un período de gran bonanza económica Costa Rica dejó de tener los niveles de equidad en el acceso a oportunidades cercanos a los de países europeos, que tanto nos enorgullecían, y sufre ahora condiciones de desigualdad comparables más bien al entorno de las naciones latinoamericanas, como bien lo señala el Informe de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. Esa contradicción entre los récords históricos de producción de riqueza y, al mismo tiempo, de empobrecimiento de los sectores más vulnerables, serviría tal vez para dar alguna explicación al creciente desafecto hacia las políticas de apertura económica, notable incluso entre segmentos académicos. Esta acentuación de la desigualdad sirve, en todo caso, como sustento sociológico que alimenta la negatividad irracional de la oposición al TLC. En buena hora el Gobierno del Presidente Arias ha comenzado por aceptar que existen incongruencias muy serias en las políticas públicas. No se trata de aumentar lo que se ha dado en llamar asistencia a los pobres, porque en el mismo período en que los ingresos de los pobres han disminuido, el gasto social se ha mantenido y en algunos sectores incluso ha aumentado. No se puede atribuir el deterioro en los ingresos de los pobres a ausencia de políticas de asistencia que, además de producir detestables clientelismos, crean más bien dependencia. Una de las contradicciones de las políticas públicas se palpa en un cambio de eje de desarrollo económico, al mantener los mismos programas educativos y de entrenamiento productivo, como si la Costa Rica en que vivimos no hubiera cambiado. El entrenamiento en nuevas destrezas y capacidades empresariales no podía llegar de la nada y los sectores más pobres de la población quedaron sin las capacidades técnicas, e incluso sin los instrumentos culturales que les hubieran permitido acceder en mejores condiciones a las oportunidades abiertas por el comercio, los servicios y el turismo. De lo que se trata, entonces, es de fortalecer la capacidad de generar ingresos de parte de la población. Su posibilidad más dinámica no difiere de la mayor fuente de riqueza nacional: el encadenamiento de la actividad económica de los sectores vulnerables con la generación de divisas internacionales, las exportaciones, los servicios y el turismo. Ese es el sentido profundo que debería tener el plan de acciones inmediatas anunciado recientemente por el Gobierno. Su eje fundamental debe fundarse en el fomento, fortalecimiento y encadenamiento de las micro-, pequeñas y medianas empresas nacionales (pymes), tanto urbanas como agrícolas. A la postre, este tipo de iniciativas, además de permitir que Costa Rica regrese a sus condiciones sociales emblemáticas de equidad, introduciría en el mundo empresarial un incremento nuevo de competitividad y, lo que es más importante, fundaría un sentido de orgullo personal en quienes con su propio esfuerzo podrían aumentar el patrimonio familiar. Faltaría que cada acción apuntara a resultados concretos, caso por caso, cuantitativamente mensurables y con índices de desempeño sujetos a evaluación, para que los programas no queden en meros diseños burocráticos.
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