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Avance en Norcorea Su promesa de reorientar el programa nuclear abre una cautelosa esperanzaIrán debería seguir el ejemplo, y el mundo presionarlo para que lo haga Existen justificados motivos para las suspicacias o las dudas: cualquier promesa o acuerdo de un régimen tiránico y oscurantista como el de Kim Jong-il, solo puede celebrarse cuando se convierta en hechos. Sin embargo, a pesar de la cautela que la experiencia impone, el arreglo logrado el martes en Pekín, tras seis días de intensas discusiones entre China, Estados Unidos, Japón, Rusia y las dos Coreas (del Sur y del Norte), es un avance fundamental hacia el objetivo de poner fin al programa nuclear con fines militares que ha venido desarrollando Corea del Norte. El compromiso suscrito dispone que, dentro de un lapso de 60 días, Corea del Norte cerrará el reactor nuclear de Yongbyon y permitirá el regreso de los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), expulsados del país desde hace años, para que verifiquen el proceso. A cambio, el país recibirá el equivalente de 50.000 toneladas de petróleo pesado. Además, para continuar hacia el “completo abandono” de sus planes atómicos, el régimen proporcionará un a lista completa de sus programas y desmantelará todas sus operaciones nucleares, por lo cual se le entregarán, a lo largo del proceso, el equivalente a 950.000 toneladas del hidrocarburo. En el ámbito bilateral, el acuerdo prevé que Estados Unidos y Norcorea abrirán conversaciones para avanzar hacia “relaciones diplomáticas plenas”; el gobierno estadounidense, además, se comprometió a iniciar gestiones para eliminar la categoría de “Estado patrocinador del terrorismo” que tenía ese país, y a “resolver”, en un plazo de 30 días, la disputa existente sobre el congelamiento de fondos por $24 millones de dólares en cuentas bancarias ligadas a Kim Jong-il y sus secuaces. Parece que el “eje del mal” bautizado por el presidente George W. Bush está a punto de perder un miembro. En el pasado se han emprendido otras iniciativas y se han suscrito otros compromisos mediante los cuales Kim Jong-il se ha comprometido a contener su desarrollo atómico, no solo para bien de la humanidad, sino de su sufrido pueblo. Paradójicamente, mientras su tiranía ha construido múltiples laboratorios y centrales y, el pasado octubre, detonó su primera bomba nuclear, los norcoreanos son uno de los pueblos más pobres del mundo, y las hambrunas sufridas en los últimos años –se calcula– han producido dos millones de muertes. En esta oportunidad, sin embargo, la magnitud y profundidad del compromiso, y la presión que China ha puesto tras él, dan motivo para esperanzas más fundadas, aunque siempre cautas, sobre su aplicación. El acuerdo, en sí, resulta fundamental; pero también lo son las enseñanzas que puede arrojar frente a otra amenaza, quizá más grande aún, para la paz y estabilidad internacionales: la del programa nuclear de Irán, un país mucho más fuerte y estratégicamente mejor ubicado que Corea del Norte. Si Kim Jong-il, finalmente, decidió negociar en serio y asumir compromisos, no fue por sus principios, sino por la presión de muchos actores (especialmente China) y por una situación económica interna de extrema gravedad. Frente a Irán, sin embargo, aunque el mundo ha ido avanzando con firmeza hacia posturas comunes, todavía existen ambivalencias e intentos de sacar provecho individual por parte de los chinos y los rusos, y hasta a la Unión Europea le ha faltado, a veces, una definición más clara. Es sabido que, a pesar de su riqueza petrolera, los iraníes afrontan problemas económicos, principalmente alta inflación y desempleo; que su presidente, Mahmud Ahmadineyad, ha perdido apoyo entre fuertes estructuras de poder internas, y que incluso existen sectores en el régimen aparentemente más abiertos a las negociaciones. Frente a esta coyuntura, la combinación de un bloque internacional muy claro y firme y el uso de una adecuada mezcla de presiones e incentivos podría tener éxito. Si se consolida el acuerdo con Corea del Norte, el ejemplo será un factor de ayuda.
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