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Foto Principal: 677281
/LA NACIÓN

Que no arda el niño en la cuna

No podemos seguir jugando a los dados en medio de un naufragio

Fernando Durán Ayanegui
ferduraya@racsa.co.cr


La alarma, con toda probabilidad tardía, en cuanto a la importancia de la contribución humana al calentamiento de la atmósfera y, en consecuencia, al ya catastrófico cambio climático, ha repercutido fuertemente en los medios de comunicación y, por lo tanto, hay alguna esperanza de que los Gobiernos, las grandes empresas y las organizaciones civiles reaccionen finalmente y propongan y ejecuten medidas que de verdad aborden el problema general.

Esto es lo que se puede expresar desde una perspectiva excesivamente optimista, pues en el mundo científico esa alarma se dio desde hace varias décadas y, gracias a la indiferencia o a la irresponsabilidad de políticos, militares y grandes industriales, fue atenuada por especulaciones y vacilaciones desprovistas de sentido común.

Uno de los argumentos más utilizados por los defensores del desarrollo económico a toda costa y, por lo tanto, del “no hacer nada” frente a la contaminación química y térmica del planeta, ha sido la cómoda certeza de que el calentamiento de la atmósfera obedece a una periodicidad climática natural de la que hay, en nuestro continente, un testimonio histórico: la relativa facilidad con que hace casi exactamente un milenio los vikingos islandeses alcanzaron y colonizaron Groen- landia y una extensa faja costera de Norteamérica, y el inicio, casi simultáneo, de la decadencia de la civilización maya.

Lo primero, según esa hipótesis, se debió a un deshielo ártico similar al que ahora estamos experimentando, y lo segundo se originó en la prolongada devastación que grandes tormentas tropicales produjeron en Centroamérica y en las costas del golfo de México (losMitch y losKatryna de principios del siglo XI).

Foto Flotante: 1504737
/LA NACIÓN

Descabellada omisión. Quienes, de buena o de mala fe, adoptaron durante décadas esa posición, omitieron descabelladamente lo que debió haber sido una consideración inescapable: en los tiempos del esplendor colonizador vikingo y del hasta ahora inexplicable colapso maya, la emisión de gases extraños a la atmósfera y el elevado consumo de energía de origen no solar simplemente no existían. Un elemental ejercicio aritmético habría sido suficiente para entender que las advertencias de los científicos y de los ecologistas equivalían al anuncio de un inminente tsunami planetario que, por desgracia, ya se encuentra a poca distancia de la isla llamada Tierra.

Uno desearía ser menos pesimista e imaginar que una acción masiva de la humanidad podría, en este momento, evitar o, por lo menos, paliar el desastre. Solo que, por supuesto, es irrisoria la pretensión de un famoso millonario de lograr, mediante la oferta de una recompensa de 25 millones de dólares (“Si fueran euros me meto”, comentó un coterráneo alajuelense) a quien “invente” un procedimiento para eliminar los gases contaminantes de la atmósfera.

La emisión de calor. Estoy seguro de que el doctor Julio Mata me apoyaría si afirmara aquí que la segunda ley de la termodinámica no nos deja muchas posibilidades de que alguien se enriquezca gracias a ese concurso y, justamente en relación con esa ley, no deja de ser extraño que los medios de comunicación simplifiquen el problema centrándose solamente en la necesidad de reducir las emisiones de gases. Prácticamente en ninguna parte he leído que alguien se refiera al otro componente del problema, quizás el de más peso, que es la emisión de calor o, en términos más precisos, el lato consumo de energía.

Cualquier estudiante de décimo año ya ha aprendido que toda la energía que se introduzca en un medio, no importa cómo se produzca, no importa si al producirla no se emite gas alguno, acaba convirtiéndose –degradándose, decimos– en calor. Con o sin gases contaminantes que incrementen el efecto invernadero, toda energía que produzcamos, que no provenga del viento, del oleaje, del descenso del agua desde las montañas, de la combustión de la biomasa, de la tracción animal o humana o de la conversión fotoeléctrica de la luz solar, es una adición no natural a la “olla térmica” del planeta y, por lo tanto, un contribuyente neto y suicida al calentamiento de la atmósfera.

Paso esencial. Por ello, si remedio hay para prevenir la catástrofe, este comienza por la reducción, tan inmediata como sea posible, del consumo de energía de origen diferente: combustibles fósiles, procesos nucleares y horadaciones geotérmicas. El tonto argumento, según el cual la fisión nuclear, tan utilizada actualmente, es un procedimiento “limpio”, no merece la menor de las consideraciones y resulta extraño que se batan palmas ante la iniciativa francesa, secundada por otros países desarrollados, de hacer grandes inversiones con el propósito de desarrollar, como “fuente infinita de energía”, la fusión nuclear.

Conviene repetir lo que un estudiante de secundaria sabe: toda forma de energía acaba convirtiéndose en calor. ¿Qué clase de chamuscada voluntaria no se daría la especie humana si, de veras, llegara a contar con una fuente artificial e “inagotable” de energía?

En suma, si se trata de evitar que el sobrecalentamiento del aire y de las aguas “maten al niño en la cuna”, como lo señalaba Leonardo Sciascia enLa desaparición de Majorana , al considerar que la especie humana se encuentra todavía en su temprana niñez, lo que corresponde es intentar un cambio inmediato en los paradigmas del desarrollo; es decir, en el rumbo de nuestra civilización, haciendo que la empresa fundamental de nuestra especie consista en administrar correctamente, en sentido extremadamente restrictivo, racional y justo, el consumo de energía de origen no solar. Lo demás será como seguir jugando a los dados en medio de un naufragio.

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