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Ventanas y “cero tolerancia” Federico Campos Calderón Abogado penalista Recientemente se publicó en este diario un artículo titulado “Ventanas rotas” de José Pablo Rodríguez (28/1/07), muy similar a otro publicado aproximadamente un año atrás –en este mismo medio– titulado “Inseguridad ciudadana y ventanas rotas” de Mauricio Jenkins (La Nación , 27/02/06). En ambos casos, los articulistas hacen referencia a una conocida propuesta criminológica y la forma como se visualiza el problema de la criminalidad que aqueja a la sociedad actual, comparándolo con un edificio con ventanas rotas que –si no se reparan a tiempo– inevitablemente tendrá destruidas las restantes. Así, ambos proponen atacar los delitos menores, para evitar que en el futuro desemboquen en delitos más graves. Riesgos. Pese a que es muy válida la preocupación esbozada por ambos ciudadanos, este tipo de soluciones debe ser muy cauteloso, porque no puede soslayarse que consiste en una simple hipótesis teórica ayuna de toda corroboración científica. Resulta falaz indicar que, si se persigue con criterios de “cero tolerancia” a las personas dedicadas a hurtar pulseras o bicicletas, se evitará que en el futuro estas cometan un delito de homicidio o una agresión sexual. Se trata evidentemente de una extrema, apresurada e infundada generalización. Además, es un magno desatino presentar como modelo que debe imitarse la ciudad de Nueva York; ejemplo claro de un espejismo. Al respecto, resulta ilustrativo el libroLas cárceles de la miseria , del sociólogo francés Loïc Wacquant, obra en la que constan datos reales que demuestran los fracasos que tuvo dicha política de represión en esa ciudad y, principalmente, allí se retrata el dolor y las injusticias causados a muchos ciudadanos con las arbitrariedades policiales cometidas. Perseguidos. Sobre el concepto “cero tolerancia”, está demostrado que este puede conllevar a una imposición discriminatoria contra determinados grupos de personas en ciertas zonas simbólicas. En el caso de la ciudad de Nueva York, los negros e hispanos fueron los más perseguidos; de manera que, en nuestro país, es fácil predecir quiénes serían los más afectados. Las soluciones primarias para afrontar el problema de la criminalidad deben ser cautas, multifacéticas y, al menos, programadas a mediano plazo. La represión y elevación de las penas de prisión, lejos de constituirse en la prioridad, deben ser las soluciones secundarias, ya que no existe prueba alguna de su viabilidad para resolver el problema delictivo social, cuyas causas reales son realmente diversas y muy profundas.
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