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Don Thelmo dioen el clavo Más seguridad ciudadana implica menos contravencionales chineos legalesHugo Antonio Blanco Araya hblancoa@racsa.co.cr Abogado Acertadamente, Thelmo Vargas, en su artículo “El fin justifica los medios” (Página Quince , 29/1/07), señala que algo anda mal, muy mal. Lo malo es la política del mínimo esfuerzo que se ha venido desarrollando y que se manifiesta en todos los campos de nuestro quehacer. Su artículo relata varios de los métodos que hoy tienen algunos hijos de esta bendita tierra para sobrevivir y el descaro con que justifican el oprobio cometido contra la generalidad. Me atrevo a aumentar sus apreciaciones. El topador de cable robado contestó –ante el requerimiento policial– que lo actuado constituía negocio, ganancia. Así dejaba de lado el fomento de tanta muerte para incrementar sumodus vivendi y justificaba su necesidad de sobrevivir. Marcador en contra. En la espera por un expediente en un juzgado, oímos la expresión de la mujer que comunicaba a su congénere la feliz existencia de la Ley de Pensiones Alimentarias que le confería un holgado ingreso a ella –no a su descendencia–, y la posibilidad de mantener alejado al proveedor de tal “salvada” por medio de la Ley de Violencia Doméstica, pues el juez, ante la sola presunción de un desliz verbal del progenitor de sus retoños, podía dar orden de mantener a prudente distancia al proveedor –por muchos años venideros–, de su bienestar y bien habida tranquilidad. Aquí los hombres llevan precisamente el marcador en contra y el juez únicamente se limita a aplicar la ley. La exacta definición de nepotismo se palpó cuando, sin sonrojo, dos diputados intercambiaron sus puestos como si se tratara de un contrato para buscar beneficio. Y ni hablar del pseudolegislador cuyo supremo esfuerzo fue levantar la izquierda por cuatro años para ganar merecidamente su millonaria pensión y lograr –después de tan encomiable y loable esfuerzo–, iluminar un estadio en tierras frías y lecheras, no aptas para la producción de cítricos, defender a su hermano que trabajó como asesor legislativo y un desteñido respeto por su condición de ex. Abuso desmedido y descarado. De nuestro sistema hemos hecho una panacea de derechos, a Dios gracias, pero el abuso desmedido y descarado de esos derechos han formado portillos, con los cuales se puede vivir, salvarse y, además, hasta jactarse de tal lenidad. Vergüenza ajena da que algunos se aprovechan con dolo de tal circunstancia en beneficio propio. ¿Es acaso que la patria nunca demandará la dignidad del juramento que alguna vez hicieron tan connotados legisladores? Disciplina es lo que hace falta. Mano férrea, cambiar y rápido, sin tanta comisión y asesoramiento, lo que hay que cambiar. No hay modo, debemos aumentar las penas, las multas, ser fuertes ante tanto derecho y el abuso que se da de este. Debemos parar el “pobrecito”, también dejarnos de tanto “chancecito”, no doblar a la izquierda sobre doble raya, apuntar certeramente hacia mayor seguridad ciudadana, lo que realmente implica menos contravencionales chineos legales. De don Tomás al guayabo. También necesitamos funcionarios probos, que no lleguen a buscar los intranquilizantes tres primeros meses laborales para –ahora sí– tener derechos cesantiables y preavisables. A todo lo anterior, agréguele unas buenas cucharadas del ejemplo dado por don Tomás Guardia, don Braulio Carrillo y, más recientemente, por el efecto guayabo de don José Figueres Ferrer, y tendremos lo que hemos perdido. Decoro, dignidad y principios vamos a obtener si cambiamos lo que tengamos que cambiar para mejorar. Empecemos por aprobar lo necesario para no quedarnos atrás. Y ¡rapidito!, sin tanto vendedor de miserias en un país donde existe esperanza.
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