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Un efecto ‘inequívoco’ Ya no existe duda alguna sobre la gravedad del calentamiento mundialAnte la magnitud del problema, se impone una acción global concertada Achim Steiner, director ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), fue claro y expresivo en su conclusión: “El viernes 2 de febrero de 2007 pasará a la historia como el día en el que fue eliminado el signo de interrogación alrededor de si el cambio climático tiene algo que ver con las actividades humanas”. Su fundamento no podía ser más sólido: el cuarto informe del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático (GICC), dado a conocer ese día en París, concluyó sin lugar a dudas que las actividades humanas son las principales responsables de las alteraciones climáticas en el mundo, que serán inevitables “severos efectos” si no se reducen drásticamente las emisiones de gases con el efecto invernadero, y que resulta “inequívoca” la evidencia de que el calentamiento global es causado esencialmente por el consumo de combustibles fósiles. Ninguna de las anteriores afirmaciones debe sorprender. Ya en el 2001, con su tercer informe, el GICC había lanzado advertencias similares, aunque de forma menos fundamentada y contundente. A partir de entonces, se han acumulado informes de diversa índole, con hallazgos crecientemente alarmantes. La diferencia que marca este nuevo documento es que refleja el consenso de 2.500 investigadores de 130 países, con el aval de sus respectivos gobiernos. Por tanto, se puede tomar como un balance representativo de la opinión científica y de la voluntad política internacional, y como una advertencia frente a la cual el mundo no puede permanecer impávido. Algunos datos incluidos en el reporte son, en verdad, alarmantes. Por ejemplo, los años comprendidos entre 1995 y 2006 estuvieron entre los más calientes desde 1850; el nivel de los mares subió un promedio anual de 1,8 milímetros entre 1961 y el 2003; pero, especialmente entre 1993 y el 2003, el promedio aumentó ya a 3,1 milímetros por año, y se espera que la temperatura global promedio suba en tres grados centígrados de aquí al 2100. Esto produciría sequías, inundaciones, tormentas y olas de calor, según las zonas del mundo. Ante elementos como los anteriores, resulta más que necesaria una reacción que esté a la altura de los riesgos. La gran certeza es que, para que sea realmente eficaz, cualquier estrategia debe tener un carácter global y multinacional. La gran interrogante, sin embargo, es cuál debe ser esa estrategia y cómo conciliar las voluntades y los intereses encontrados a su alrededor. Es de sobra sabido que el Protocolo de Kyoto, que estableció límites para la emanación de gases con el efecto invernadero (los que destruyen la capa de ozono y contribuyen a aumentar las temperaturas), no fue ratificado por Estados Unidos y no incluyó entre sus metas a países como China, Brasil o India. Ese acuerdo vence en el 2012, por lo que se necesitará un enorme esfuerzo de negociación y de presión de la opinión pública internacional para que se logre suscribir un pacto capaz de lidiar con mayor eficacia y mayor apoyo con el desafío actual. La buena noticia es que la gravedad de los bien fundados pronósticos es un incentivo muy fuerte para actuar. Dentro de los países industrializados, incluido Estados Unidos, la mayoría de los ciudadanos, múltiples organizaciones y sectores empresariales visionarios, están presionando en pro de mejores políticas ambientales. Además, cada vez resulta menos sostenible el argumento de que los países en desarrollo, por el hecho de serlo, pueden tener privilegios en los grados de contaminación que producen. En este sentido, Costa Rica, con sus ventajosas condiciones y sus buenas políticas ambientales, puede ser un ejemplo, como mencionó nuestro ministro del Ambiente y Energía, Roberto Dobles; pero de poco valdrán los casos ejemplares si no hay una acción global concertada. Este es el gran reto de la comunidad internacional, y no debe postergarse más.
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