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Inclusión sin exclusión Las universidades públicas deben promover la creación y el intercambio de ideasLuis F. Arias Acuña lfariasa@hotmail.com Profesor, UCR Función primordial de la universidad, raíz misma de su esencia, es la meditación y la creación del pensamiento. La democracia puede analizarse desde muy diferentes facetas y autores, pero no por ello podemos sacar conclusiones determinantes en función de los intereses que predominan en un determinado momento y que justifican un actuar que a todas luces resulta inadecuado e inoportuno. No creo que autores de diferente procedencia ideológica en sus formas de organización política acepten una democracia participativa inclusiva. Cabe entonces preguntarse ¿cuán inclusivo es el decadente modelo marxista de Cuba o el emergente diz que “modelo bolivariano” de Venezuela? Ante una realidad. Hay hechos reales que evidencian un mal uso de la lógica y la razón. ¿Por qué tratar de justificarlos? Sustentar una tesis de democracia inclusiva, con variadas referencias bibliográficas, para llegar a conclusiones que no son un aporte nuevo, significativo ni esclarecedor sobre nuestra realidad social, es una evasiva a justificar acciones que denotan una pérdida o un abuso de la autoridad. ¿Fueron consultados los decanos y directores sobre la autorización para suspender clases y dedicarse a un “paro activo”? ¿Quién entiende qué significa esto? ¡Será que la gran mayoría de los estudiantes se van a sus casas y una minoría excluyente toma las calles! La democracia, como gobierno del pueblo, no puede ser determinada por las minorías, como ha ocurrido con hechos evidentes y comprobados, que resalto en mi artículo “La relatividad política” ( La Nación , 27/1/07). Por ejemplo: disminuir y deslegitimar lo bochornoso de la toma del edificio del Consejo Universitario y de la Rectoría, aduciendo que no eran estudiantes de una determinada carrera, es “tapar el sol con un dedo” y no profundizar en hechos tan graves que son un verdadero atentado a la democracia y autonomía universitarias. Claudicación intelectual. Descalificar los hechos relatados aduciendo que incurro en “errores objetivos” o será que sostengo tesis de “radicalización ideológica”, porque fueron estudiantes de aquí o de allá, resulta totalmente improcedente. ¡Será que la complejidad social del momento justifica que se sigan cometiendo tales atropellos al orden y respeto de las mayorías! La perversión está en ser permisivos y complacientes, al contribuir con aquellos que son una minoría excluyente, no inclusiva. Se claudica al pensamiento cuando la intolerancia prevalece sobre el orden público y la democracia participativa se excluye por lo que han venido a mal llamar “democracia de la calle”. Democracia de la calle es otra cosa, que no tiene nada que ver con encapuchados, bloqueos y vandalismo. Para nadie es un secreto que las actuales autoridades universitarias, salvo contadas excepciones, han sostenido una posición divergente con el Gobierno de la República. Así lo demuestran diferentes posiciones adoptadas por rectores y consejos universitarios. Una actitud proactiva sería lo deseable, y no asumir posiciones de trinchera, que están muy bien para los sindicalistas, pero que no lucen ni vanaglorian al verdadero universitario. Su contribución, no antagonizando simplistamente entre lo económico y lo político, sino con un abanico impresionante de oportunidades mutuas, es el camino a seguir. En ese sentido, debe verse la Universidad como un espacio de construcción y de intercambio de pensamiento, más que de reproducción de modelos foráneos y que nada tienen que ver con la realidad nacional. En ese enseñar a pensar, a crear pensamiento nuevo, en esa búsqueda insaciable de la verdad –que debe inspirar nuestras vidas–, nada es más grave que algunos universitarios se crean poseedores únicos de la verdad absoluta.
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