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/LA NACIÓN

Errores frecuentes

El TLC no tiene efectos mágicos, pero sin él la meta del desarrollo estaría más lejana

Francisco Chacón
fchacon@zurcherodioraven.com
Abogado

Uno de los errores que con más frecuencia cometen quienes se oponen al Tratado de Libre Comercio con EE. UU. (CAFTA por las siglas en inglés) es el de atribuir o esperar, de estos acuerdos, efectos que no tienen o no pueden tener.

Recuerdo que, hace poco más de diez años, los opositores al Tratado de Libre Comercio entre Costa Rica y México predecían que nos íbamos a quedar sin agricultura pues esta sería arrasada por la competencia del agro azteca, y afirmaban que, sin duda, nos convertiríamos en un estado más de la federación mexicana.

Otros argumentaban que no era conveniente aprobar ese acuerdo porque el sistema político de aquel país era incompatible con los valores democráticos del nuestro y que, de repente, un comercio más libre nos induciría hacia el monopartidismo.

Hoy, los opositores al CAFTA –curiosamente casi los mismos de hace diez años– vaticinan consecuencias igualmente nefastas: se modificará el territorio nacional, se encauzará al país hacia la carrera armamentista, se eliminarán las garantías laborales y se destruirá el Estado social de derecho que disfrutamos.

Por supuesto, ni los pronósticos de hace una década se hicieron realidad ni los actuales tienen ningún sentido, pero ambos revelan un error de principio, y es del creer que un simple acuerdo comercial –que reduce o elimina las barreras y establece el marco regulatorio aplicable al comercio exterior y las inversiones entre los países suscriptores– puede afectar de manera tan impresionante, y para mal, la vida de un país.

Al mismo tiempo, esos opositores se empeñan en subrayar, como evidencia de su razón, que un convenio como el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA por las siglas en inglés) no ha podido, después de una década de vigencia, eliminar los problemas económicos y sociales de México.

Aquí, una vez más, salta a la vista el mismo error: esperar que un TLC deba tener como propósito y pueda tener como efecto la atención de todas las condiciones negativas que históricamente haya podido tener un país. Jorge Castañeda, exministro de Relaciones Exte-riores de México (2000-2003) y profesor de la Universidad de Nueva York, hace referencia a este punto en un artículo recién publicado en el Financial Times (6-2-07).

Competencia en todos los campos. En su columna, Castañeda reconoce que, a pesar de que México ha disfrutado de 12 años de estabilidad macroeconómica y que la clase media se ha expandido, el crecimiento económico de su país ha sido apenas mediocre y que, a ese ritmo, no será posible abatir la pobreza, el desempleo, la violencia y la migración. Sin embargo, explica también que la causa de ese magro desempeño reside no en la apertura ni en el NAFTA, sino en el sistema corporativista que, a pesar de los cambios, sigue prevaleciendo: los monopolios controlan muchos sectores de la economía mexicana y los sindicatos ejercen un poder excesivo en los sectores de petróleo, electricidad, salud y educación. Su receta es igualmente reveladora: introducir enérgicamente la competencia en todos los campos si es que de verdad se quiere avanzar hacia la prosperidad económica.

Lo hemos dicho en otras ocasiones, pero quizás sea necesario repetirlo: es falso que en el CAFTA se escondan todos esos demonios con los que nos quieren asustar, tanto como sería ilusorio pensar que el CAFTA, por sí, resolve-rá todas nuestras dificultades de la noche a la mañana. El CAFTA es solo un instrumento, necesario pero insuficiente, para avanzar en el difícil camino del desarrollo. Consolida y mejora las condiciones de acceso al mercado estadounidense, pero no nos hará más ricos sin trabajar. Abre oportunidades, pero no garantiza el éxito. Su aprobación es imperiosa no porque tenga efectos mágicos, sino porque, sin él, la meta de conseguir un país donde todos podamos vivir mejor se tornaría todavía más difícil y lejana.

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