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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Dos realidades, dos visiones: en estos días, cerca de un millón de estudiantes, entre niños y jóvenes, ingresan a la escuela o al colegio, muchos por primera vez. Su paso hacia las instituciones educativas, estas mañanas, en todos los recodos del país, constituye un espectáculo radiante. Mucho más allá de la metáfora, este ejército representa, en verdad, la esperanza de la patria. La esperanza, por su potencia liberadora, es la virtud que brilla aun en las tinieblas de la noche… Esta es una visión nacional. La otra, externa, quedó grabada en la conferencia internacional sobre niños-soldados, en Francia, donde 58 países suscribieron ayer “los principios de París”, por los que se comprometen a luchar contra uno de los actos más ignominiosos en la historia: el reclutamiento y uso de los niños soldados, que afecta a 250.000 menores de edad. Imaginémonos que la cuarta parte de los niños y jóvenes que, en estos días, van a la escuela, en Costa Rica, cargados de libros, cuadernos e ilusiones, marchan, en Sudán, Tchad, Uganda, Colombia, la República Democrática del Congo, Nepal, Sri Lanka, Birmania, Filipinas, y otros países, fusil al hombro, entrenados para matar. Los niños y niñas sirven, a la vez, de menú sexual de los adultos, los otros soldados. Las niñas violadas se convierten, a los nueve meses, en madres de los niños concebidos en su violación. Corresponde a la ONU y a cada uno de los países que la conforman emprender un combate sin fin contra esta ofensa global a la dignidad humana en su santuario más sagrado. Nuestro país debe estar en la vanguardia de esta lucha, como parte de su historia y capítulo de su política exterior, fundada en la defensa y protección de los derechos humanos, en particular de los menores de edad, y, con más razón, en este gobierno, por los principios enunciados en el orden de la paz, la producción y venta de armas, y la desmilitarización. En el campo interno, la visión refrescante de los estudiantes, en estos días y a lo largo del ciclo escolar, nos impone la obligación de fundar y proteger la paz y la libertad en los valores y en el conocimiento, esencia de la escuela, mediante una lucha sin tregua contra la mediocridad y el facilismo. Una educación mediocre puede ser el fusil aniquilador en los hombros de un niño o de un joven, víctimas de títulos sin contenido y, como causa inmediata, de educadores impreparados o de padres de familia irresponsables. Esta es la cuestión esencial por la que seremos juzgados, no el vagabundeo ni la cháchara interminable, en estos meses, de “demócratas” callejeros y de falsos apóstoles de la patria…
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