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/ LA NACIÓN

Violencia, centro y periferia

La violencia no es el camino a la justicia; como decía Gandhi, “la paz es el camino”

Fernando Araya


Algunos piensan que el centro político y social es un territorio imaginario, donde reinan las indefiniciones y la evasión. Debido a eso se ven incapacitados para sintetizar pensamientos, articular mayorías estables, diversas y duraderas e ir a la raíz de los problemas sin impaciencias y sin voluntarismos infantiles. Costa Rica, por ejemplo, ha conocido un extenso período de su historia contemporánea sin experimentar enfrentamientos violentos que amenacen la estabilidad de sus instituciones. ¿Dónde se origina esta peculiaridad?

La respuesta es compleja, pero la siguiente hipótesis resulta plausible: en el país ha prevalecido la hegemonía de movimientos ciudadanos y partidos políticos que eligen la vía de las reformas económicas y sociales, pacíficas, parciales y progresivas, como sendero de modernización. Lo anterior se origina en la contención recíproca de fuerzas políticas y sociales de centro, ninguna de las cuales está en condiciones de anular a las otras, lo cual conduce a una correlación dominante de carácter reformista, pluriclasista, plural y pluripartidista, que privilegia el acuerdo sobre la confrontación. Este fenómeno impide, a los extremismos, tendencialmente violentos, elevar su influencia en la colectividad.

La condición violenta. Quizás por eso declaran inexistente al centro político, saben, en lo más profundo de su ser ideológico y de su situación histórica, que la hegemonía del centro constituye un obstáculo insalvable para sus anhelos, añoran, por lo tanto, que desaparezca. No es extraño, en tal contexto, que algunos sugieran, a propósito del TLC, combinar diversas formas de lucha, violentas, insurreccionales, parlamentarias, extraparlamentarias, institucionales y no institucionales; tampoco sorprende el uso de un lenguaje militar, conspirativo e intimidante o la búsqueda de interesadas solidaridades internacionales, inspiradas en regímenes despóticos o en transición al despotismo. Lo anterior pertenece a la lógica de la condición violenta que reproduce el dualismo maniqueísta –todos los buenos están de un lado y todos los malos, del otro–, con lo cual su dinámica resulta tan previsible y tan mediocre como la trama de una mala novela.

Favorecen la condición violenta quienes desconocen la heterogeneidad interna de la oposición al TLC y califican a todos sus componentes como extremistas, populistas, chavistas y fidelistas, a pesar de que es evidente la presencia de un segmento político y social mayoritario, cuyas tesis básicas se ubican en la antítesis de los extremismos. El expresidente de Chile, Ricardo Lagos, sintetizó muy bien el perfil del centro cuando afirmó que “…la sociedad no es el mercado…” ( La Nación , 30/1/07, pág. 8), con lo cual subrayó el eje central de un nuevo enfoque: la economía de mercado funciona, la sociedad de mercado no, la globalización es necesaria, pero no uniforme. En ese contexto “…cada país…”, recordó Lagos, “…es una especificidad; dentro de cada país hay diferencias, y me parece a mí – dijo– que cada negociación es distinta…”. Una lección del pragmatismo de centro que tantas pesadillas provoca en los extremos.

Tres resultados. En la coyuntural actual, tres resultados son cardinales: primero, que los violentos no puedan entronizar la violencia; la violencia no es el camino a la paz ni a la justicia “la paz es el camino…” (Mahatma Gandhi), segundo, que en el interior del centro político y social predominen movimientos capaces de edificar una sociedad inclusiva, de excelencia, competitiva e integrada a la economía global; y, tercero, que ninguna de las organizaciones situadas en el centro esté carcomida por redes corruptas. Si estos resultados se combinan a tiempo, no habrá fuerza capaz de impedir la conquista de un nivel superior de desarrollo.

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