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/ LA NACIÓN

Más allá de controlar

Las pruebas cuantifican cuántos alumnos saben lo que deberían saber

Álvaro Artavia Medrano
Director Pruebas Nacionales Educación Formal

Cada fin de año, las noticias en el ámbito de la educación se enfocan en los resultados obtenidos en las pruebas nacionales. Es así como, por ejemplo, vemos en televisión a una profesora que resuelve un sencillo ejercicio aparentando que requiere para ello un tiempo propio de un alumno con los más graves problemas de aprendizaje.

Las pruebas nacionales sirven para poner el foco de atención en aquello que todos los alumnos deberían aprender. Una vez que los programas de estudio, aprobados por el Consejo Superior de Educación, han definido lo que los alumnos de todo el país deben saber, las pruebas nacionales cuantifican no cuánto saben los alumnos, sino cuántos alumnos saben lo que deberían saber.

En este sentido, debemos ser claros. No podríamos tener una valoración apropiada de la situación del sistema educativo nacional a partir de algunos casos que, a fin de cuentas y fuera de contexto, son aislados.

Apelaciones y realidad. Para algunos, apelar se ha convertido en una costumbre, en algo obligado. Diversas organizaciones gremiales han tratado de convencer a la opinión pública de que cuantas más apelaciones se presenten de lo mismo, mayor es la probabilidad para “ganar” puntos. Nada más alejado de la realidad. El personal a cargo revisa las apelaciones una a una, con tiempo y con cuidado. Sin embargo, la carencia de argumentos bien fundamentados y las fotocopias del documento que se publica en Internet han hecho que las respuestas se puedan preparar en un lapso menor que en otros años.

Las llamadas “pruebas normales del curso lectivo”, por desconocimiento de unos pocos, no garantizan ni la ausencia de errores ni la objetividad por parte del profesor que imparte clases y elabora y califica las pruebas de sus estudiantes. Debemos reconocer que gran parte de los colegas se preocupan por hacer pruebas de calidad; sin embargo, también existen profesores que son poco exigentes y que engañan a sus estudiantes con calificaciones falsas a lo largo de su paso, tanto por primaria como por secundaria. Todo esto tiene un fin sumamente conocido por todos: muchos estudiantes llegan a la universidad o al mundo laboral sin los conocimientos ni las competencias imprescindibles para un desempeño satisfactorio.

En este sentido, los niños y jóvenes del país se encuentran indefensos. Algunos, incluso, son utilizados como casos críticos propios de las noticias más sensacionalistas y disfrazan con supuestos errores de las pruebas nacionales la falta de conocimiento que tienen en algunas áreas.

Por una pregunta… no. En todo esto, hay algo seguro: un estudiante no debe ver truncada su posibilidad de continuar estudios superiores porque no supo, en un ítem en particular, si una gráfica “alcanza” o “toca” un punto, lo cual sería una trivialidad. De ser así, bastaría con no considerar esa pregunta y podríamos pensar que el “problema” ya está resuelto. Digamos la verdad: un estudiante que reprueba (tanto en pruebas de aula como en las nacionales) no es porque no sabía una sola respuesta.

También podemos disfrazar la realidad y pensar que, cuando “alguien” enseñe cómo se dibuja una gráfica a quienes elaboran pruebas, ya los estudiantes van a aprobar. Afirmaciones como estas son propias de quienes no saben o no analizan con cuidado la realidad de la educación costarricense. Y, en esto, ambas son terribles.

Para los que realmente nos interesa el futuro del sistema educativo nacional, sabemos que la meta está más allá de controlar. Urge que la preocupación de todos los ciudadanos se concentre en la calidad de la educación y no en reclamos más acordes con el popular “derecho al berreo”.

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