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/LA NACIÓN

Somos material desechable

El INS ha ido perdiendo el propósito inicial de proteger a los costarricenses

Manuel Formoso
mformoso@racsa.co.cr
Periodista

La lucha por dotar a los costarricenses de seguros tiene antecedentes en ese gran presidente herediano don Alfredo González Flores, en el general don Jorge Volio, que lo incluyó como uno de los puntos de su Partido Reformista, y en don Ricardo Jiménez, que en su segunda administración aprobó la primera ley de seguros. Fue redactada por el insigne economista don Tomás Soley Güell y en su preámbulo se dice que se creó con el propósito de responder a las necesidades de protección de la sociedad costarricense. Se crearon seguros de vida, de accidentes de trabajo y de incendio. En 1927 se vendió la primera póliza de vida y en 1948 la institución tomó el nombre actual de Instituto Nacional de Seguros (INS). A partir de esa fecha ha seguido creciendo y hoy cuenta con un hermoso edificio, de varios pisos de alto, frente al Parque España.

En el extraordinario crecimiento que ha tenido el Instituto Nacional de Seguros, sin duda ha habido muchos aspectos positivos, así como otros tantos negativos. Lo más grave que le ha ocurrido es que ha ido perdiendo su propósito inicial de protección de las necesidades de la sociedad costarricense, para convertirse en un banco más, con ánimo de lucro, en el cual las enormes ganancias obtenidas han propiciado numerosos escándalos financieros; por ejemplo, con las coaseguradoras inglesas, que todavía no se aclaran, a pesar del empeño puesto por su actual presidente ejecutivo.

Sin parangón. Igualmente escandalosas han sido las sumas multimillonarias otorgadas a sus agentes de seguros cuando renuncian y que, a mi juicio, no tienen parangón con ningún otro régimen de retiro. En el campo de los seguros de automóviles son bien conocidas las diferencias que se dan en el trato, y en el pago de beneficios, si los daños en un accidente son reparados por uno de los grandes talleres especializados, o bien por un modesto taller de la calle Guachipelín. Estoy hablando por experiencia propia y, si es del caso, podré dar más datos sobre avalúos y trámite del engorroso procedimiento de reparación y su pago.

Pero el caso más grave, donde el ánimo de lucro se ha impuesto al propósito inicial de proteger a la sociedad costarricense, lo he encontrado en las pólizas de seguros de vida. Tengo una póliza colectiva del Colegio de Abogados, que, con el paso de los años, se ha vuelto más y más gravosa y que ahora, que he cumplido 75 años de edad, me han informado que para el Instituto Nacional de Seguros estoy a punto de pasar a la categoría de “material desechable”, como se decía en una famosa película sobre las durísimas batallas contra los japoneses que sostuvieron los norteamericanos a finales de la Segunda Guerra Mundial; los muertos norteamericanos se contaban por miles en el intento de tomar la multitud de islas pequeñas, hasta llevar a la desesperación al Gobierno de Estados Unidos y cometer la locura de lanzar dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Prima impagable. No conozco las razones que ha tenido el Instituto Nacional de Seguros para lanzar el equivalente a una bomba atómica a los que lleguemos a los 76 años de edad. A partir de esa avanzada edad, han incrementado el costo de la póliza colectiva de vida de 677.000 colones anuales (2007) a 2.264.000 colones, lo cual representa un aumento del 330 por ciento, un monto que resulta sencillamente impagable para un profesor universitario jubilado.

Los datos anteriores demuestran claramente que los viejos no tenemos ningún derecho a enfermarnos. Simplemente somos considerados material desechable para el Instituto Nacional de Seguros y, si reviviera, también lo sería su creador don Ricardo Jiménez.

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