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/LA NACIÓN

El fin justifica los medios

No se debe hacer mal al prójimo ni siquiera para evitar un mal propio –A. Smith

Thelmo Vargas
Economista

Nuestro sistema de valores incorpora absolutos como “Hay acciones que emprendería a cualquier costo” (como tristemente lo ilustra el caso de una madre que recientemente perdió sus piernas, atropellada por un tráiler, por salvar la vida de su hijito); o “hay otras que no haría a ningún precio” (por ejemplo, lanzar a una hija a un río torrencial). En el intermedio está la mayoría de las decisiones mundanas, en las que opera un intercambio entre costo y beneficio, como sería el decidir si se hospeda en un hotel en Tabacón dado que el precio de la habitación supera los $200 diarios. En todos los casos enunciados es verdad que el fin justifica los medios. Si no es el fin lo que los justifica, ¿qué los va a justificar? Si para alguien Tabacón es tan atractivo en temporada alta, ¿por qué, si su presupuesto lo permite, no ha de pagar los $200 de hotel?

Pero, recordando a Nicolás Maquiavelo, la frase que utilicé como título de este escrito tiene una mala connotación entre la gente, pues pareciera implicar que, si el fin buscado es suficientemente apetecido,cualquier medio que se utilice para alcanzarlo es válido. Eso no es cierto. No procede desprestigiar al compañero de trabajo para aventajarlo en un concurso interno, ni buscar el dinero fácil por medio del robo, pues en uno y otro caso los medios utilizados son demasiado caros para los fines buscados (un ascenso; tener más dinero). Decía Adam Smith, padre de la Economía, en su obraLa teoría de los sentimientos morales, que no se debe hacer mal al prójimo ni siquiera para evitar un mal propio.

Lotes, premios, visas… La prensa nos informa a diario sobre aberraciones entre fines y medios que se dan en el actuar de funcionarios públicos. De funcionarios del IDA que utilizaron su autoridad para regalar lotes a sus familiares; diputados gemelos que (por un par de meses) se turnaron en el puesto para obtener sustanciales mejoras en la pensión con cargo al presupuesto; familiares de alto personero del Ministerio de Educación que recibieron ascensos raros; filóloga que recibió casi $1 millón por un trabajo que no era precisamente revisar la calidad de las traducciones de los evangelios apócrifos del arameo y el copto al griego y al latín. De comisiones del reaseguro cedido por el INS que se manejaban a oscuras, fuera del presupuesto institucional; aparentes pagos (“premios”) por apoyo en ventas millonarias a entes públicos. Visas raras a orientales, y un cónsul en un país vecino que, por ganar una atractiva comisión sobre los timbres, quizás tenga como su objetivo maximizar el número de visas otorgadas.

En el sector privado también se ven cosas parecidas. Niños que, a plena luz del día y ante gran cantidad de testigos, incluyendo sus padres, rompen vidrios de carros en los Hatillos para robar carteras. “Indigentes” que roban cable de teléfono o de electricidad porque alguien se los compra para fundirlos, con pago en efectivo y sin preguntas. Gerentes que, al recibir jugosas bonificaciones sobre los resultados del año en curso, maquillan los estados financieros para reflejar utilidades inexistentes; corredores que –teniendo información interna, de la cual no disponen sus clientes– fuerzan hábilmente operaciones en contra del interés de estos solo porque les producen mayores comisiones. Pescadores artesanales que reciben diésel subsidiado y, mar adentro, lo revenden a narcotraficantes.

Algo anda mal. Muy mal. El fin siempre será la vara con que se mida lo económico (o no) de los medios que se utilicen para alcanzarlo. Pero pareciera que mucha gente ha ubicado en una categoría muy alta de su escala de valores el bienestar material y, por tanto, no es de extrañar que tantos estén en disposición de emplear casi cualquier medio para lograrlo.

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