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Como en el cine Fernando Durán Ayanegui En un antiguo filme, el dandi inglés George Brummell, perseguido por los guardias de un palacio francés en el que se había colado sin permiso, se halló de pronto frente a varias mujeres que lavaban la ropa palaciega alrededor de una alberca llena de agua jabonosa. Todas ellas eran guapas e iban poco vestidas, como era de rigor en las películas de Hollywood, y las que lavaban camisas de lino las blanqueaban restregándolas contra sus muslos. Aun cuando en su situación no estaba para entrar en galanteos, el aventurero se tomó el tiempo necesario para hacer una pausa en su escapada y declamar, mientras hacía una reverencia: “Señoras, después de lo que he visto, vestiré mis camisas limpias con mucho respeto”. Tal vez el dandi pretendía, con un piropo censurable por lo machista, declarar que, si bien el trabajo de aquellas mujeres era duro y humillante, no carecía de importancia social. Después de todo las camisas, blancas de tanto resobarse en los muslos de las desdichadas, eran indispensables para que cortesanos sin provecho semejantes a él tuvieran una mejor “calidad de vida” y, por lo tanto, debió parecerle justo dispensarles, al menos, el trato de “señoras”; lo cual era un adelanto para su época, encabalgada entre los siglos XVIII y XIX, y bastante menos hipócrita que la reacción de algunos machos ticos contemporáneos ante el descubrimiento de que varias mujeres costarricenses desnudaron un poco sus muslos para actuar en películas pornográficas en las que, aseguran ellas y debemos creerles, todo se reduce a goces fingidos en medio de un tedioso y desagradable resobar de cuerpos. Probablemente no es así en todos los casos, pero una de esas actrices, enfrentada a las preguntas a ratos insulsas de un reportero, admitió haber participado en esa ardua y sin duda humillante actividad, pero solo por razones de supervivencia –igual que las explotadas lavanderas de la corte francesa–, y dio a entender que la única razón por la que ahora no se la trata como a una actriz profesional, como a una señora, es que no le pagan mucho por sus actuaciones: si le pagaran bastante, sería a estas alturas la poseedora de un caudal sobre cuyo origen nadie se preocuparía y por causa del cual gozaría de cabal respe- tabilidad. En verdad, los varones que, escandalizados, “descubrieron” a esas compatriotas contorsionándose en una pantalla, son respetables consumidores de cierta clase de películas, y de quienes no se entiende por qué no se limitan a llamar señoras a las actrices y a ser respetuosos con las camisas blancas que usan mientras se regodean viendo pornadas.
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