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Ventanas rotas

El crimen es contagioso, tanto como pueden serlo la música, la moda o la gripe

José Pablo Rodríguez C.
e_terms@hotmail.com

Hace unas semanas leí “The Tipping Point” de Malcom Gladwell. La lectura me resultó muy estimulante, en especial uno de los temas desarrollados por el autor, referente la situación del crimen en Nueva York. Según el Sr. Gladwell, no hace mucho que en los barrios de Brownsville y East New York los caminos se tornaban en calles fantasmas al caer la noche. La gente de las comunidades desaparecía y no se veían niños en bicicleta o ancianos en las bancas de los parques y paradas de bus.

La noche daba paso a la guerra de pandillas, traficantes de droga y crímenes violentos, forzando a los vecinos a buscar refugio en sus apartamentos. La situación del crimen en el metro era sencillamente un caos. Según el autor, durante los años ochenta, el promedio anual era de 2.000 homicidios y 600.000 delitos serios (pág. 135). Sin embargo, de repente algo sucedió. En cuestión de cinco años, los homicidios se redujeron en un 64,3% y el total de crímenes bajó casi a la mitad, alcanzando 355.893 (pág. 6) De repente, los niños en bicicleta volvieron a salir y se veían ancianos en las bancas de los parques. Algo sucedió en la ciudad de Nueva York, que provocó la caída del crimen en casi dos terceras partes en cuestión de cinco años. ¿Qué fue lo que sucedió en Nueva York?

Epidemias. Es difícil creer que en 1993 la mafia y todos los criminales de Nueva York dedicieron repentinamente “portarse bien” y ser buenos ciudadanos. Tampoco es probable que la Policía encontrara la “fórmula mágica” para prevenir el crimen. En la ciudad de Nueva York, hubo “algo más” que jugó un papel primordial en la disminución del crimen en la ciudad. La teoría de Gladwell, es que ese “algo más” es lo que los criminólogos James Q. Wilson y George Kelling, llaman: “La teoría de las ventanas rotas” (The broken windows theory). Ellos argumentan que el crimen es el resultado inevitable del desorden. Si una ventana se quiebra y no se repara, la gente que camina en las cercanías sacará la conclusión de que a nadie le importa o que nadie está a cargo.

Muy pronto, más ventanas serán violentadas y la sensación de anarquía se contagia del edificio a los alrededores, transmitiendo la señal de que “todo es permitido”. Según Wilson y Kelling, en una ciudad, problemas menores como grafitis, desorden público, robos y conductas agresivas, son el equivalente a “ventanas rotas”, que a su vez son invitaciones a crímenes más serios. Esta es la teoría del crimen como epidemia. Su principio es que el crimen es contagioso, tanto como pueden serlo la música, la moda o una gripe.

El metro. Kelling asesoró la Autoridad de Tránsito de Nueva York y se redoblaron esfuerzos para combatir el crimen en los trenes. A pesar del consejo de muchos de prestarle atención a los “crímenes más serios”, David Gunn, director del metro, siguió los consejos de Kelling y se dedicó a erradicar los grafitis. Él pensaba en este como un símbolo del colapso del sistema. Este tipo de crímenes pequeños antes eran pasados por alto, pues las autoridades creían que era muy elevado el costo de combatirlos. Sin embargo, la señal que envían es de “ventanas rotas”, de caos, de tierra de nadie.

A pesar de que hay otros autores que discrepan al respecto de la teoría de las ventanas rotas, lo cierto es que pareciera que sus principios tienen mucha lógica. En Costa Rica, en donde los delincuentes nos tienen acorralados en nuestras “prisiones” mientras ellos corren libres por las calles, muchos crímenes no son reportados porque todos sabemos que, aunque encontraran al delincuente, este andaría suelto varias horas después de ser apresado. Urge no solo un cambio en la legislación para poder castigar y corregir efectivamente estos crímenes menores, sino también un esfuerzo conjunto entre las autoridades y la población civil para “reparar las ventanas rotas” en nuestras comunidades y así detener la epidemia.

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