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Amighetti y Arévalo Arévalo no nos deja solos ante la pulsación de nuestro mestizaje y tropicalidadClotilde Fonseca Don Paco abrió la puerta del estudio y colocó sobre su mesa de trabajo las planchas de La niña y el viento . Siempre paciente y generoso, había accedido a explicarme cómo surge un grabado. Me invitó a pasar la mano sobre la extensa superficie de la tabla. Comprendí entonces la inexplicable gravitación que siempre había tenido hacia el grabado. Constaté que en su fondo palpita un bajorrelieve, que tiene un vínculo, desconcertante e invisible, con la tridimensionalidad de la escultura. Estaba allí la talla cálida y ancestral de la madera, el giro vigoroso de la gubia, la voluptuosa estría convertida en efecto visual sobre la imagen, aparentemente plana, que al final se convierte en cuadro y se enmarca. Como la savia y la sangre, la tinta debía meterse por entre las nervaduras hasta impregnar su mancha en el papel. Tenía que dejar allí su huella intencionada, ligeramente insegura, de rasgos ocasionalmente imprevistos. La voz serena de don Paco calibró el espacio. Alcanzó las herramientas, los papeles de arroz, sus pequeños objetos, que aún hoy puedo observar en el fondo de su Autorretrato , del que todavía surge su brazo erecto, extendido ante la vida, en actitud irrenunciable de brindis y desafío. Siempre le agradecí a don Paco que practicara la democrática generosidad que es intrínseca al grabado. ¡Ahí está parte de su magia! Hace posible que se puedan producir varios originales de una misma obra, ediciones de número limitado, pruebas de artista. Amighetti disfrutaba que su obra llegara a muchos. El supo comprender nuestra necesidad de tener cercanía con el arte, nuestro deseo de ser parte de lo simbólico y lo expresivo. Entendió que requerimos interpelar la realidad desde otras ópticas y encontrar respuestas insólitas a nuestras inquietudes Desde aquel día en que Ami-ghetti me permitió palpar la intricada alquimia de su oficio creció mi devoción por esta forma de expresión tan antigua, que cultivaron los chinos y los japoneses, que adoptaron los europeos, y que un día alcanzó también nuestras riberas, donde floreció con fuerte influencia del expresionismo alemán que lo marcó desde principios del siglo pasado. Quizá mi pasión por esta forma artística tenga su origen en un intenso hilo genético heredado de mi abuela Augusta, cuya familia vino al país por el río San Juan hasta Sarapiquí, para asentarse finalmente en Heredia, procedente de tierras germánicas. ¡Vaya a saber! En nuestra identidad. En nuestro país, el arte del grabado se hunde en los más profundos filamentos de nuestra identidad. Nos ha dotado de obras íntimas y maravillosas. Ha producido también expresiones fuertes y perturbadoras. Su espíritu sencillo y terrenal está consustancialmente ligado a nuestra historia, a nuestra vida cotidiana, a nuestro paisaje interior. Aún hoy, sus planchas marcan libros, discos, afiches que cobran vida y se transmutan con su expresión nervuda y rotunda. Ahora que don Paco Amighetti ya no está, aunque nos mire siempre como un niño curioso desde La gran ventana , celebro que haya todavía quien cultive este arte. Es afortunado que Hernán Arévalo se haya dedicado de manera plena a la xilografía, al grabado en madera que heredamos de Amighetti. Él ha seguido incursionando, investigando, explorando el grabado artesanal. Ha hecho suya, de forma audaz y contundente, la cromoxilografía que don Paco aprendió del grabado japonés, con sus colores planos a los que ha agregado atrevidos contrastes. Su obra ha trascendido nuestras fronteras. Ha sido reconocida y expuesta en Austria y Francia. Será exhibida próximamente también en Brasil. Máscaras, animales, cruces, santos, instrumentos, signos, espadas y diablos penetran en sus obras con la fuerza vital que tienen las tormentas, los cruzados, los mitos y los fantasmas. El golpe de su expresión gráfica nos confronta con la historia secreta, con lo onírico, con el germen de lo tradicional. Nos lanza torres, grifos, peces desplazados, animales indómitos y ariscos, mujeres asombradas, desnudos coreográficos. Arévalo no nos deja solos ante la pulsación de nuestro mestizaje y tropicalidad. Más bien nos acompaña y nos refleja. Su producción se inserta en la línea histórica del grabado costarricense con frescura y violencia. Transita por vetas expresivas muy propias que le han permitido ser fiel a la tradición y construir una obra de estilo inconfundible.
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