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Ojo Crítico Rodolfo Cerdas La tramitación legislativa del TLC, con reformas e interpretaciones casuísticas, genera lecturas muy contradictorias. Para los que están a favor, es la única forma de evitar el estancamiento y resolver los problemas, aunque el precio que se pague sea elevado. Para sus opositores, en cambio, es un forzamiento inadmisible, casi una imposición. Lo cierto es que, con Tratado o sin él, enfrentamos una evidente y vieja disfuncionalidad institucional del Poder Legislativo, que ha erosionado su credibilidad, independencia y legitimidad, y que ha trasladado a otras instancias institucionales, facultades y funciones que le pertenecen. Como la política le tiene horror al vacío, el espacio se ha llenado de cualquier modo. Con la reelección presidencial lo hizo con el fallo de la Sala IV; hoy, con el CAFTA, a través de reformas reglamentarias de circunstancia y en favor del Poder Ejecutivo, en una casuística interpretativa que, aunque contente a algunos, es institucionalmente muy costosa, políticamente peligrosa y éticamente riesgosa. Esta es una consecuencia más de eludir por tanto tiempo la reforma que el régimen político actual demanda, de absolutizar el tema del TLC y de parlotear de democracia, desarrollo y globalización, mientras se estimula la caída de la democracia representativa y se facilita su sustitución por una delegativa, en favor del presidencialismo. Este proceso no es nuevo ni único en Latinoamérica y sus resultados han sido siempre negativos. Se comienza con que la Asamblea y ciertos partidos molestan al Ejecutivo y sus aliados; se sigue con la Sala Cuarta y la Corte; y se termina con la prensa, la radio y la TV. Quienes crean que en vez de una reforma política basta una mezcla de improvisación reglamentaria, presidencialismo y democracia delegativa, deberían recordar que esa ruta ya se ha recorrido y que, en última instancia y para sorpresa de muchos, los beneficiados fueron Chávez, Evo, Lula , Tabaré, Ortega y Correa. El fin no justifica los medios, sino al revés. Hay que resolver los problemas grandes cuando aún son pequeños y los difíciles cuando todavía son fáciles. Costa Rica no se acabará si se aprueba el TLC, ni desaparecerá si se lo rechaza. El tremendismo es mal consejero, sobre todo cuando no se mide el valor y peso de las palabras y los actos. Por ello, viendo la incontinencia verbal y politiquera en torno al tema, parodiando a la heroína francesa, habría que decir: ¡Ay, TLC, cuántas tonterías se dicen y se hacen en tu nombre!
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