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EN vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Hace 62 años, en un 27 de enero, como mañana, fue la liberación del campo de exterminio de Auschwitz. Mañana se conmemora, por ello, por acuerdo de la ONU, el “Día Internacional de Recordación del Holocausto”. Holocausto: la culminación del horror supremo, del “horror concentrado”: el asesinato planificado de seis millones de judíos, por el hecho de ser judíos, entre ellos, un millón y medio de niños. “Nunca más”: la memoria y la verdad, al servicio de la supervivencia de la humanidad, gracias a la “Revolución de la dignidad humana”, la única que vale, anunciada, desde 1948, por Istbán Bibó, húngaro, uno de los pensadores más notables de occidente. Edmund Husserl lanzó, ya en 1935, la voz de alarma sobre la crisis de Europa y sus dos únicas salidas: “Europa se hundirá en el odio del espíritu y en la barbarie, o bien renacerá en el espíritu de la filosofía”. “El peligro más grande que amenaza a Europa es la cobardía”. Ya sabemos qué fue lo que pasó en Europa; verificamos, día a día, lo que está pasando hoy en Europa y en el mundo, y quedamos notificados de lo que pasará en los próximos años si no extraemos del Holocausto, en primer lugar, y, luego, del comunismo y otros genocidios en el siglo XX las lecciones pertinentes. Sus signos ominosos están ahí. El antisemitismo continúa vivo. Uno de sus principales heraldos es el presidente iraní Ahmadinejad, promotor de la destrucción de Israel y organizador del reciente congreso sobre la inexistencia del Holocausto. A la vez, dos posiciones perversas, que nutren la conspiración del silencio, la negación y la trivialización del mal: el olvido o finiquito de la memoria y el “abuso” de la memoria (el perdón como tabla rasa, o la denuncia de la desmesura temática del Holocausto). En toda sociedad –dice Bibó– “los ingratos, los cobardes y los ciegos son legión”. Por ello, los extremismos siempre encuentran eco y seguidores. El olvido del Holocausto tiene dimensiones nefastas: la principal, la indiferencia, el odio y la intolerancia, esto es, “la quiebra moral”, que lo precedió, y, de aquí, hacia el futuro, la inconsciencia de que el mundo moderno sigue acentuando y estimulando “esta debacle ética”, como la denomina el sociólogo Zygmunt Barman en Modernidad y Holocausto . La distinción, por eso mismo, entre el bien y el mal ha sido, desde el principio, el gran debate. La pérdida de este instinto moral, patente en los antecedentes y en la “solución” del Holocausto, nos tiene, de nuevo, al borde del precipicio. El recuerdo y estudio de esta catástrofe de la dignidad constituye, por ello, un imperativo humano.
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