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“Mataput” para los chilenos Para los acholi, la reconciliación es más importante que el castigoJaime Gutiérrez Góngora Médico Don Marcelo Jara comenta un artículo mío sobre Chile que ilustra lo que pretendí destacar: algunos chilenos quieren seguir peleando. Argumenta que se debe llevar un proceso judicial contra Pinochet como “criminal del Estado”. Pero no incluye en esta categoría a Allende. Las guerrillas armadas por Allende iban al campo y se apoderaban, por la violencia y sin respetar la ley, del terreno que les viniera en gana. Y no respetar la ley también es un crimen. Pero esos crímenes no están cuestionados por la señora Bachelet. Doña Michelle sí ha fomentado la división del pueblo chileno. Inició el procesamiento y la detención de la esposa del general, Lucía Hiriart, y su hijo menor, Marco Antonio, por supuestos delitos tributarios que emanaron de su gobierno. Presionó, personalmente, para invalidar la ley de amnistía de hace 30 años que dejaba exento de procesos judiciales por asesinatos o tortura a subordinados de Pinochet. Un nieto de Pinochet, simple teniente en el ejército, habló con comprensible calor el día del entierro de su abuelo. Pues, por eso, fue expulsado del ejército, con el conocimiento y extraña aprobación de una mujer, la presidenta de Chile.
Después de una derrota. Ofrezco otra ilustración para los chilenos que quieren seguir peleando entre ellos. Por décadas, las tribus del sur de Uganda tenían grandes privilegios. A los del norte, los acholis, se les relegaba a ocupaciones serviles. Estos eran fuertes y temibles, y por esas calidades integraban el ejército nacional. Desafortunadamente para ellos, tuvieron que luchar contra los rebeldes liderados por Yoweri Museveni y los acholis perdieron. Museveni tomó el poder en 1986. Desde entonces los marginó y persiguió, pero estos se defendieron con la ayuda del Gobierno árabe de Sudán, que les daba armas y un santuario. Los acholis se lanzaron a botar al Gobierno de Museveni con las inevitables atrocidades que han caracterizado las luchas sangrientas en África. En el 2005, el Gobierno de Uganda convenció a la Corte Internacional de Crímenes de Guerra en La Haya para que emitiera una orden de detención contra los líderes rebeldes. Pero, en el proceso, estos firmaron un acuerdo de cese del fuego con el gobierno de Uganda en agosto del 2006. Después de negociaciones entre ellos, el Gobierno de Uganda les garantizó una amnistía. Los viejos sabios acholi recomendaron que la amnistía se fundamentara en su antiquísima costumbre, en la cual los asesinos son aceptados de nuevo en la comunidad después de que reconocen su crimen y después de que han pagado una compensación a los familiares de la víctima, y luego comparten una cena con ellos. Rayo de esperanza. Lo cierto es que ese cese del fuego es lo más cerca que ha estado Uganda de alcanzar la paz después de una guerra que ha costado decenas de miles de muertos, con torturas y todo lo demás. El pueblo sudanés recuperó la esperanza de que la guerra esté llegando a su fin. Lo celebró con banderas blancas, y la vida económica del país se ha reestablecido. Las víctimas de la guerra, desesperadas por poner fin a la pesadilla, escogieron la opción de perdonar y olvidar. Según el New York Times, los funcionarios de Naciones Unidas, ante esta realidad, “montan en furia cuando contemplan la idea de que se les pueda dar inmunidad (a los rebeldes)”. Hay que castigar aunque se pierda la paz. Fue el mismo pueblo acholi quien planteó la solución al problema: el “mataput”. Esta antiquísima costumbre consiste en una ceremonia tradicional de reconciliación: los criminales y los parientes de las víctimas beben una raíz amarga de una copa común. La reconciliación para ellos es más importante que el castigo. Explica Collins Opoka, jefe de los acholi: “En nuestra cultura no nos gusta castigar a las personas. Eso no nos lleva a ninguna parte”. Lo cierto es que, en Uganda, la reconciliación, la paz y el progreso dependieron de la amnistía de criminales confesos. Algo se puede aprender de los sabios acholi, del colosal negro de Sudáfrica, de los costarricenses y ni qué decir de Jesucristo.
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