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EDITORIAL

Los límites de Bush

Las nuevas realidades limitan la capacidad de maniobra del Presidente
Su ‘Estado de la Unión’ no planteó ninguna modificación política importante


El presidente George W. Bush presentó, el martes, su sexto Estado de la Unión en un contexto muy distinto del de años precedentes. Con apenas un tercio de los ciudadanos que apoyan su gestión, se ha convertido en el Mandatario estadounidense más impopular de los últimos 50 años, a excepción de Richard Nixon poco antes de su renuncia. Tras la derrota republicana en los comicios legislativos de noviembre, la oposición demócrata controla el Senado y la Cámara de Representantes. La intervención militar en Iraq está en su punto más crítico, con perturbadores señales de descontrol, y con crecientes objeciones, incluso, de varios dirigentes de su propio partido.

El Ejecutivo, por tanto, afronta un margen de maniobra claramente limitado ante los dos años que le restan. En el campo externo, está consumido en el conflicto iraquí, que drena al Gobierno de recursos y capacidad de influencia en otros ámbitos. En lo interno, el dinámico desempeño de la economía coexiste con déficit presupuestarios y comerciales cada vez mayores, los cuales reducen la capacidad de iniciativa.

En medio de esta situación, Bush estaba frente a dos opciones para su mensaje ante ambas cámaras del Congreso: o dar un cambio de rumbo a su administración, en búsqueda de verdaderas políticas bipartidistas frente a los retos más importantes del país, o mantener su curso actual, con apenas ligeras modificaciones. Está claro que optó por esto último, lo cual probablemente conducirá a próximos enfrentamientos, o a profundas discrepancias, con el Legislativo. Por algo, el Partido Demócrata, en su respuesta oficial, fue sumamente crítico del discurso, sobre todo en relación con Iraq.

Bush habló con razón cuando dijo que Estados Unidos no se puede dar el lujo de fracasar en el conflicto iraquí, y presentó como el curso de acción más conveniente el envío de 21.500 soldados más. La situación se ha deteriorado a tal punto, los conflictos étnicos son tan agudos, el peligro de guerra civil tan real y la influencia iraní tan patente, que mayores efectivos militares es posible que cambien poco la situación; pero desgraciadamente no parece haber ninguna otra estrategia razonable porque la invasión y su manejo posterior han abierto una “caja de Pandora” muy difícil de controlar. De tal modo, el gran error presidencial estuvo en su decisión original de intervenir en Iraq, y ahora solo cabe apostar al mal menor, a la espera de que presiones políticas sobre su Gobierno y gestiones diplomáticas certeras logren encauzar la situación por un camino de razonable civilidad. De lo contrario, el fracaso podrá ser inevitable.

La agenda interna ocupó una mayor atención del Presidente. Planteó como meta reducir en 20% el consumo de gasolina en diez años, aumentar fondos para investigación en combustibles alternativos y duplicar las reservas estratégicas de petróleo antes del 2027. Sin embargo, no enunció una política energética global, ni tomó en cuenta el riesgo del calentamiento del mundo, algo por lo que claman la comunidad internacional y muchos sectores dentro del país.

Frente a los problemas de cobertura en salud que sufren 47 millones de personas, anunció un esquema de incentivos fiscales para la contratación de seguros, que no atacará a fondo esa carencia. Reiteró su interés de impulsar una reforma migratoria integral, luego de que, antes de las elecciones de medio período, el Congreso optase por el endurecimiento.

Es decir, en todos esos temas estamos ante buenas intenciones, pero con mecanismos que apenas los abordarán parcialmente (como en energía y salud), o que aún requerirán un fuerte trabajo entre los dos partidos, como la migración. En este sentido, el llamado a trabajar por resolver los problemas del país, no importa la divisa partidaria, debe ser bienvenido, lo mismo que su saludo a los demócratas y la oferta de crear un comité asesor bipartidista sobre la “lucha contra el terror”. Sin embargo, con el problema de Iraq en su estado actual, y con la poca flexibilidad en otros ámbitos, la cooperación entre el Legislativo y el Ejecutivo, y entre demócratas y republicanos, parece hoy difícil. De ella dependerá, en mucho, lo que pueda lograr Bush en los dos años que le quedan en la Casa Blanca, para bien de su país y del mundo.

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