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La estrategia de la mentira Algunos enemigos del TLC no han aceptado los grandes cambios mundialesGonzalo Rodríguez Mejías Economista Ahora que se acerca la votación del TLC con EE. UU. en el Congreso, arrecian las manifestaciones y expresiones –amenazas– de rebelión, democracia callejera, lucha en las trincheras, abrazos apocalípticos, etc., con el fin de detener, a como haya lugar, un proceso de análisis y decisión, que solo tiene un escenario en el que debe darse; es decir dentro del ámbi-to de la representatividad política, la cual, los costarricenses por voluntad propia decidimos aceptar, mediante la visita a la urna electoral, en febrero del 2006. Nadie fue más claro y consecuente que el presidente Arias cuando fue candidato. La aprobación del TLC fue siempre su carta de presentación y el pueblo de Costa Rica le dijo sí. Después de ser declarado constitucionalmente presidente de la República, poco importa que haya ganado por un voto o que apenas haya tenido el apoyo de un 25% o 30% del electorado nacional. Recurrir a estas justificaciones para poner en entredicho la representatividad y legitimidad política del Presidente es mera retórica politiquera. Orfandad ideológica. Llama la atención cómo algunos políticos, grupos sociales y sindicatos no han podido superar la orfandad ideológica que les deparó la disolución de la Unión Soviética, la transformación de la economía china e hindú, la caída del muro de Berlín, etc. y estallan en ataques hepáticos cuando escuchan a los expertos hablar de tasas de crecimiento del 8% al 10% en China, que se ha convertido también en el país con la inversión extranjera de mayor crecimiento en el mundo, o cuando escuchan que algunas de las antiguas naciones soviéticas hacen fila solicitando ingreso a la Unión Europea. Sin duda, la realidad suele ser ingrata con la ilusión y la fantasía. Cuando un pensamiento absolutista quiere sustituir la realidad, no hay argumento al que no se pueda echar mano, con tal de oponerse implacablemente al devenir de los hechos. Así, hay que inventar toda clase de amenazas al agua, a la educación, a la soberanía, a las islas, etc. Las cláusulas interpretativas son cuentos chinos y la agenda complementaria es un plato de babas. Así, no importa que los odres se vuelvan viejos, cuando se pretendía que fueran odres nuevos para el vino viejo. Ni siquiera se disimula, en lo mínimo, el más recalcitrante radicalismo, y entonces surgen mágicamente un sinnúmero de razones para decir no al TLC; pero, curiosamente, ninguna para decir tal vez. Algunos balbucean que el TLC puede ser renegociado, pero lo hacen con el conocimiento tácito de que tal cosa no es posible. Es algo así como cuando se lanza una moneda a una fuente para pedir un deseo: “Que las vacas vuelen” o que “a las ranas les nazca pelo”. Se dice que lo que bien se aprende nunca se olvida y eso suele ocurrir con las lecciones leninistas. Miente… miente… miente... que, con la insistencia, es posible que parte de la mentira se convierta en verdad. Culpas ajenas. Ahora resulta que un tratado de libre comercio, y en particular el que está en este momento en discusión, es el responsable único y absoluto de que en nuestro país no hayamos sido capaces de diseñar sistemas tributarios progresivos, de que no hayamos podido disminuir el nivel de pobreza más allá del 20%, de que no hayamos podido ensayar políticas industriales que incentiven el nacimiento de pequeñas y medianas empresas, de que no hayamos podido modernizar un Estado ineficiente, de que no hayamos podido reestructurar y dinamizar la economía interna, de que no hayamos sido capaces de diseñar sistemas de pensiones financieramente sostenibles, etc. Todas estas tareas son acciones normales que deben ejecutar los Gobiernos, por el bienestar de todos, aparte de la existencia o no de tratados de libre comercio. Ahora bien, la acción del Gobierno puede hacer que los beneficios de un tratado de libre comercio colaboren con estas tareas, pero esto es diferente a endilgar a un TLC toda clase de magia, propiedades, características y formas que obviamente no tiene.
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