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En Guardia Jorge Guardia Dijimos la otra vez que estudios internacionales y la evidencia empírica confirman la buena contribución del libre comercio al crecimiento, y de este, a disminuir el desempleo y pobreza. Hoy agregamos que, además, permite mejorar la distribución del ingreso. El hilo conceptual es que la apertura estimula el crecimiento al permitir producir y exportar más del mínimo necesario para consumir, y contribuye a generar empleos y mejores salarios. Por esa mismísima razón, mejora la distribución. Si un trabajador varado encuentra asilo en la exportación, su familia mejora (y sonríe); y, si logra comer más barato bienes importados, su salario se estira (y sonríe aún más). Quien pretenda dibujar una sonrisa (sostenible) en el rostro de la pobreza, sin expandir la producción ni aumentar el empleo, está jodido. Xavier Sala (2006) demostró que, si el ingreso per cápita se mide en el contexto mundial, y no por país, la pobreza cae y, también, mejora la distribución del ingreso. La pobreza bajó por un factor de tres y, el número de pobres, entre 200 y 400 millones (cayó en Asia; subió en África). Y la distribución no se deterioró. La desigualdad disminuyó pues el ingreso de los más pobres creció rápidamente en China e India. William Lewis (2004) recomienda aumentar la productividad, pues tiene mayor efecto que el equilibrio “macro” o la educación, y supera la infraestructura y el popular impacto de las instituciones en la decisión de invertir. La productividad se incrementa con la competencia; de ahí la alta correlación entre apertura, competencia, productividad y crecimiento. Así, mejora la distribución. Pero, si nos empeñamos en distorsionar los factores de la producción, estimulando el uso intensivo del capital (zona franca) y castigando el empleo (impuestos y cargas al salario), ¿cómo pretender que el fruto de la producción se distribuya más equitativamente? La conclusión es que el TLC, en tanto encarna el libre comercio, contribuye, también, a mejorar la distribución. Pero no le pidamos hacer milagros. La desigualdad está enraizada en la naturaleza humana: unos se esfuerzan y reciben más; otros, menos. Pretender que todos ganen igual conduciría a destruir la prosperidad. Tampoco se le puede exigir al libre mercado absoluta igualdad en la distribución, pues no está diseñado para eso. Más recibe el que más aporta. Es una ley fundamental, sin la cual moriría el incentivo para progresar. Pero al Estado le corresponde hacer todo lo posible para mejorar las condiciones de quienes aportan y reciben menos, o los que no aportan del todo por estar varados. Y eso exige algo más –mucho más– que la simple agenda complementaria.
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