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/LA NACIÓN

Ecuador, socialismo y enfisema

El joven que está comenzando a fumar no entiende el peligro del cáncer

Carlos Alberto Montaner
©FIRMAS PRESS@nacion.com
Periodista

El flamante presidente ecuatoriano Rafael Correa se ha declarado discípulo de Hugo Chávez y se anota en “el socialismo del siglo XXI”. Sin perder un minuto, va a convocar a una asamblea constituyente para desguazar el modelo republicano y eliminar su tradicional equilibrio de poderes. Se propone construir un tipo de Estado fuertemente centralista, dominado por el ejecutivo, intervencionista y proteccionista, en el que las empresas “estratégicas” formarán parte del sector público. Además de socialista, el señor Correa manifiesta ser nacionalista, indigenista y católico ferviente. No le gusta nada el comercio libre con Estados Unidos, piensa repudiar la deuda externa (algo que ya hizo Argentina impunemente en tiempos recientes), y tratará de unir el destino económico de su país al Mercosur.

Es muy probable que la mayoría de sus compatriotas lo acompañe en la aventura. Ecuador es un país en el que una parte sustancial de la población es muy pobre. La promesa de crear rápidamente una sociedad rica e igualitaria suele ser tremendamente seductora en ese tipo de atmósfera. La ausencia de amplios sectores sociales medios inevitablemente conduce a un diagnóstico falso, pero muy persuasivo: los pocos que acaparan la riqueza son los culpables de la miseria general de la sociedad. Súbitamente, los pobres cambian de nombre y comienzan a llamarse “desposeídos”. Alguien les quitó lo que les pertenecía. En ese punto, la envidia y la rabia se trenzan y se transforman en un bosque de puños cerrados que saludan la llegada del socialismo.

Fatal arrogancia. El socialismo genera siempre la ilusión de la prosperidad express y el fin de la injusticia. La alegre familia populista cree conocer la fórmula del desarrollo precipitado. Es un aspecto de la fatal arrogancia de que hablara Hayek. El señor Correa, además, estudió en Bélgica, en Lovaina, y allí cimentó su entusiasmo con la formidable maquinaria estatal del vecino francés. Francia cuenta con una especie de monstruoso mandarinato burocrático que funciona con bastante eficiencia, aunque a un altísimo costo. No obstante, los franceses aprecian su sistema público de salud y de educación y, en general, no se quejan de los servicios que brinda el Estado. Correa cree que puede lograr unos resultados parecidos en Ecuador.

Lo probable, sin embargo, es que el experimento del señor Correa, como casi todas las maquinaciones socialistas, agraven severamente los problemas que aquejan al país. El Ecuador que va a construir no se parecerá a la opulenta Francia, sino al desastroso Perú de Velasco Alvarado, a la Argentina arruinada por Perón o a la Venezuela de estos días, donde el número de pobres (y de crímenes) crece tanto como el precio del petróleo. En una sociedad castigada por la corrupción y la proverbial ineficiencia del Estado, es un contrasentido entregar más recursos a la burocracia para que los malgaste o se los robe. En un país carente de capitales y con un debilísimo tejido empresarial, es un inmenso disparate ahuyentar las inversiones nacionales y extranjeras, y aumentar peligrosamente la presión fiscal.

100 millones de muertos. ¿Por qué los ecuatorianos (o los venezolanos y los bolivianos) no son capaces de aprender de la experiencia? ¿Por qué se enamoran del populismo autoritario venezolano, y no del exitoso modelo chileno? Más aún: si los ecuatorianos saben que el socialismo del siglo XX costó 100 millones de muertos y retrasó a todos los países que lo padecieron en el terreno económico, ¿cómo se atreven a resucitarlo en el siglo XXI?

La explicación de esta irracionalidad tal vez haya que buscarla en una analogía psico-fisiológica. En la adolescencia, cuando los muchachos comienzan a fumar, el cigarrillo y la adicción a la nicotina les producen ciertos placeres momentáneos. En esa etapa, es inútil que un médico les explique que el cigarrillo conduce al cáncer o al enfisema, y que van a tener dificultades respiratorias que convertirán sus vidas en un atroz martirio. Esas advertencias son abstracciones o amenazas a muy largo plazo, que han escuchado un millón de veces, mientras que el cigarrillo humeante es una grata realidad de aquí y de ahora. Algo parecido sucede con el socialismo: es una droga agradable y aparentemente inocua, a la que es muy fácil entregarse. Cuando descubres la verdad, ya suele ser demasiado tarde.

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