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Freno a Garnier Armando González agonzalez@nacion.com Al ministro Leonardo Garnier hay que ponerle freno. Insensible a nuestras tradiciones, insiste en confiar el nombramiento de maestros a una persona idónea para ocupar el cargo de viceministro administrativo. Así de fácil, como si la idoneidad lo fuera todo. Si Garnier nombra a un viceministro idóneo, no resistirá la tentación de extender el requisito a la contratación de maestros. La tesis es inaceptable en el Ministerio de Educación, pero su potencial subversivo es aún mayor. En un descuido, la exigencia de idoneidad podría permear otras entidades públicas con grave daño para la justicia, la democracia, la familia y el Estado. Garnier sabe que pocos se salvan de tener un primo tonto, pero no tiene reparos en negar a la familia costarricense la posibilidad de colocarlo en un cargo público. Si triunfa, los vínculos de parentesco perderán sentido hasta amenazar la integridad del núcleo básico de nuestra sociedad, consagrado por la Constitución Política (artículo 51). Establecida así la inconstitucionalidad del requisito, vale la pena repasar sus otras consecuencias: si tener un primo deja de ser relevante, ¿para qué cultivar la amistad? Todo el tejido social, basado en las relaciones interpersonales, corre riesgo de desplomarse. Los efectos del desaguisado sobre la institucionalidad son obvios. ¿Para qué un régimen de servicio civil si no le garantiza el cargo al primo menos aventajado? ¿Pensó Garnier en las repercusiones para los partidos políticos? La participación ciudadana, tan deteriorada en los últimos años, apenas encajará el golpe de un nuevo desestímulo. Vacías, las urnas denunciarán el fracaso del experimento. Aquí no puede haber concesiones. Se trata del sufragio universal, base de la democracia. Como ocurre con tantas construcciones teóricas divorciadas de la práctica, la ocurrencia de Garnier aparenta coherencia, pero está falseada en sus postulados. El principio de igualdad, dice la Sala Constitucional, implica igual trato a personas que se encuentran en condiciones similares, pero lo único similar a un primo es otro primo y nada justifica discriminarlo por el prurito de la idoneidad. Garnier pretexta la mejora de la educación, pero el primo y yo nos preguntamos si vale la pena educar para la vida en una sociedad sin solidaridad humana, donde los cargos públicos sean acaparados por funcionarios idóneos.
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