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¿Qué pasó…? Nos hemos convertido en una sociedad mediocre, que premia el mínimo esfuerzoDiego Aguirre Abarca aguirre.abarca@gmail.com Estudiante, UCR El costarricense, por las condiciones de la época colonial, desarrolló dos características que en ese entorno le permitieron desenvolverse y sobrevivir a las duras condiciones que le imponía habitar en este país: individualismo –“primero yo y después yo”– y tenacidad, dado que en ese entonces se debía luchar contra la inclemencia de los elementos, que podían destruir meses o incluso años de esfuerzo; esto podía causar la ruina de un hogar, mas aceptaban el desafío de vivir aquí, y día tras día se empeñaban en conseguir un mejor futuro. Estas cualidades nos acompañaron por mucho tiempo, pero ahora el individualismo prevalece y la tenacidad se esfumó. ¿Qué pasó? Nos hemos convertido en una sociedad mediocre, que fomenta y premia el mínimo esfuerzo, donde el progreso material individual es lo más importante sin importar reglas o ética, con una visión cerrada y obtusa de lo que en realidad es el trabajo; hemos olvidado el valor del propio esfuerzo como una forma de dignificar nuestra vida. Patético vicio. Así, en el caso de los estudiantes de secundaria, cuando se efectúan las pruebas nacionales de bachillerato y de noveno año, los estudiantes calculan la nota que deben obtener en las pruebas para alcanzar 70, no piensan en obtener la mejor nota que les sea posible. Mediocre. Patético. Este vicio se arrastra a la vida universitaria; cuando se está en las aulas y se escucha a los compañeros decir: “Con 6,75 paso el curso y, si no, voy a ampliación”, sin más ímpetu… lo mínimo. El problema de esto no es que el estudiante obtenga el mínimo para aprobar el curso, sino que no está dando a la sociedad todo lo que es capaz de brindar. Comprendamos de una vez por todas que no podemos conservar el rumbo que llevamos ahora. Nuestro país, nuestra sociedad, se está atrasando y no debemos permitirlo. Todos somos culpables, en mayor o menor grado, de lo que acontece en la actualidad: los políticos, sindicalistas, educadores...; pero la mayor culpa la tenemos nosotros, los ciudadanos, porque hemos sido incapaces de defender nuestro derecho a un trabajo digno; optamos por un remedo de empleo mediocre, sin anhelos de grandeza, sin sueños ni ilusiones, es sencillo trasladarle el problema a otros. Por favor, seamos realistas: la mediocridad nos va ganando y no hemos tratado de impedirlo. Si un profesor es exigente con los estudiantes, es un mal profesor, y hay que eliminarlo del sistema, ¡pobrecitos los jóvenes!, no merecen tanta presión, y los padres apoyan esto. Un empleado público eficiente es un problema: me hace ver mal ante el jefe o, peor aún, el jefe se siente amenazado; solución: despedirlo o insidiosamente convertirlo en uno más de la masa, alelado... ¿Cómo éramos? ¿Por qué se fomenta esta clase de sociedad tan improductiva, torpe e incapaz de pensar? La solución se encuentra en el poder. Una sociedad cuyos miembros no ven más allá de los límites de su propia satisfacción y no tratan de ampliarlos, no amenaza los círculos del poder político, económico o social. Mientras yo esté “bien”, no importa que el país se vaya al basurero o que la corrupción impida que el país progrese... La lista de nuestros yerros es amplia, pero aún estamos a tiempo de cambiar. El primer paso es recordar cómo éramos, qué pensábamos y soñábamos antes de que la mediocridad se entrometiera. Ojalá seamos capaces de recordar, por el bien de Costa Rica.
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