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EDITORIAL

Ecuador: ¿cuál rumbo?

Correa tiene la oportunidad de impulsar reformas amplias y democráticas
Debería inspirarlo la izquierda responsable, no el autoritarismo populista


Tras una sólida victoria en la segunda vuelta electoral del 26 de noviembre, el economista Rafael Correa, quien compitió sin una papeleta legislativa, tomó posesión el lunes como el octavo presidente de Ecuador durante los últimos 10 años. Esta frenética movilidad en el Ejecutivo revela una clara realidad de su país: la inestabilidad política, que ha estado acompañada de una gran deslegitimidad de sus instituciones públicas, dispersión de poder y profundas divisiones étnicas, regionales y sociales. Que el actual mandatario haya llegado al poder sin un solo representante en el Congreso por su partido, Alianza País (porque decidió no presentarlos), revela, por otra parte, que ha apostado el éxito de su gobierno a una sola carta: la convocatoria a una Asamblea Constituyente con poderes plenos, que sea capaz de convertir su proclamada “revolución ciudadana” en una nueva institucionalidad.

Hoy, la gran pregunta sobre el futuro ecuatoriano tiene dos partes. La primera es si Correa será capaz de impulsar el cambio constitucional sin grandes turbulencias; la segunda, si el nuevo “modelo” que emerja estará basado en el populismo y la concentración de poder, al estilo de Hugo Chávez en Venezuela o como aspira Evo Morales en Bolivia, o si se inclinará por un diseño realmente justo, moderno y progresista, con la independencia entre poderes y los balances y contrapesos indispensables para el ejercicio de la democracia. Es lo que muy bien saben –y practican– Gobiernos de izquierda racional en Brasil, Chile y Uruguay.

De las acciones y declaraciones manifiestas hasta ahora, y de su discurso de toma de posesión, no es posible precisar con claridad cuál podrá ser el rumbo del nuevo gobernante, aunque hay señales de que su estilo y retórica son menos confrontativos que los de Chávez y Morales.

Tan pronto asumió la Presidencia, Correa emitió un decreto para convocar a la Constituyente. Se trata de una decisión muy polémica, tanto por dudas sobre su capacidad legal para tomarla, como por el rechazo de múltiples sectores políticos a que el Congreso quede subordinado a la Asamblea que, eventualmente, se instale. Es decir, lleva en sí el foco del conflicto. Sin embargo, el Presidente se cuidó de utilizar un procedimiento que, por tomar simbólicamente en cuenta al poder legislativo, le allanó el camino con importantes fuerzas representadas en él y redujo los focos de confrontación.

En su discurso inaugural hubo un importante componente de retórica bolivariana, de críticas a los imprecisos “modelo neoliberal” y al “consenso de Washington” (socorridos chivos expiatorios de una cierta izquierda) y llamados al rescate de la soberanía y a la dignidad, presuntamente mancilladas desde fuera y desde dentro. Sin embargo, al referirse a la “nueva ruta” económica de Sudamérica, no mencionó a Cuba, e incluyó tanto a Venezuela y Bolivia como a Argentina, Brasil, Chile, Nicaragua y Uruguay; es decir, dejó abierta la puerta para una opción por políticas sensatas. Además, aunque anunció la renegociación (no negación) de la deuda externa y criticó como inconveniente, en términos generales, la autonomía de la banca central, no habló ni de expropiaciones ni de nacionalizaciones, y ni siquiera de revisar la dolarización de la economía ecuatoriana. Tampoco utilizó un lenguaje de confrontación étnica, sino, al contrario, de reconocimiento a la diversidad de la población.

En este momento, por tanto, el rumbo del Gobierno de Correa constituye un signo de interrogación, pero existen elementos para pensar que podría inclinarse por una ruta de transformación dentro de márgenes mínimos de responsabilidad, respeto a la democracia y búsqueda de acuerdos amplios para impulsar sus reformas. Ecuador, no hay duda, necesita múltiples económicos, políticos y sociales, pero no los irresponsables y autoritarios que impulsan Chávez o Morales, sino aquellos que, realmente, den al país bases sólidas para, dentro de la democracia, aumentar y distribuir mejor la riqueza. Correa tiene una oportunidad para intentarlo y posibilidades de éxito para lograrlo. Ojalá no desperdicie esta coyuntura.

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