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Boxeo Su espíritu está firme a pesar del avance del mal de Parkinson Arnoldo Rivera J. arivera@nacion.com “Él está bien, pero Muhammad está envejeciendo. Estamos un poco cansados de viajar”, comentó Lonnie Alí a la revista Neurocirugía ahora , en una entrevista meses atrás. Sin embargo, Alí es Alí: cuando el periodista le preguntó si no se sentía cansado por la intensidad de su agenda, con la voz que le permitió el mal de Parkinson, contestó: con un rotundo no.
Muhammad Alí cumple hoy 65 años de edad, y cuando no viaja se dedica a pasar tiempo con sus nietos, con quienes disfruta de los trucos de magia. Y año con año su leyenda toma más vuelo, a pesar de que su última pelea tuvo lugar hace un cuarto de siglo: el 11 de diciembre de 1981 cayó por decisión ante Trevor Berbick, en Bahamas. Fue un cierre indigno para el hombre que reinventó el estilo de boxear entre los completos; para el opositor a la guerra de Vietnam a costa de su carrera; para el único en ganar tres veces el título mundial de todos los pesos; para quien se atrevió a cambiar su “nombre de esclavo” y a diferencia de otro grande, Joe Louis, nunca bajó la cabeza ante los blancos. Acallado por el Parkinson –un mal degenerativo que presenta rigidez muscular, temblores, lentitud y escasez de movimiento–, su esposa comenta que es el mismo. “No es que se siente allí desplegando retórica, pero sus palabras aún llevan impacto, todavía son muy importantes. Uno puede comprender absolutamente lo que dice, lo que piensa”, aseveró Lonnie, su cuarta esposa.
Impacto. El 25 de febrero de 1964, Angelo Dundee, manager de Alí (en ese entonces se llamaba Cassius Marcelus Clay) sabía la ruta más corta de la arena al hospital. El analfabeto Sonny Liston y su pegada salvaje parecían ser demasiado para ese muchacho, bocón, que no paraba de danzar y, para colmo, con la guardia abajo. Cuando Liston no sale al sétimo asalto, la leyenda nació. “¡Sacudí el mundo, soy el más grande, soy el más bello”, vociferó esa noche. Poco después, el asombro subió cuando anunció su conversión al Islam y su nuevo nombre: Muhammad Alí (“digno de todo elogio”). Gracias a su religión se salvó de caer en los tentáculos de la mafia y por sus creencias se negó a pelear en la guerra de Vietnam. El gobierno estadounidense de entonces consiguió despojarlo de su corona. Por tres años no peleó y cuando regresó no era el mismo: perdió por decisión ante Jose Frazier, en 1971, cuando trató de recuperar el título. Asombró al mundo, de nuevo, en 1974, cuando noqueó en ocho asaltos a George Foreman, en Zaire. Un ignoto Leon Spinks lo despojó de su fajín en febrero de 1978; solo para permitirle a Alí consolidar su leyenda cuando, en setiembre de ese año, se convirtió en el único ser humano en ganar el máximo título del boxeo en tres ocasiones. Previamente, en 1975, ofreció la épica Batalla de Manila , el tercer combate contra Frazier. Ambos pelearon más allá de sus fuerzas y ganó Alí en 15 por nocaut técnico. Aquel niño que a los 12 años de edad fue llevado por el policía Joe Martin a un gimnasio para que desquitara las ganas de darle una paliza al ladrón de su bici , era el más grande de toda la historia. Hoy, para su cumpleaños, solo pidió una visita a una tienda de venta de artículos de magia para poder mostrarle a los visitantes. “Nadie debe sentir pena por él. Está en paz”, dijo su hija Hana.
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