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Contra mi pesadilla, la democracia

En la democracia me afirmo como ser humano en comunidad

Gustavo Román Jacobo
Abogado

Cuando era niño mi peor pesadilla escenificaba un médico profundamente convencido de su pericia, de mi enfermedad y de que el síntoma clásico de mi mal era negar que lo padecía. Se dirigía hacia mí con sus instrumentos, a veces con evidente satisfacción de poder usarlos; otras, como impulsado por una vocación divina para salvarme, la mayoría, henchido del orgullo de saberse mi sanador. Con arrogante condescendencia atendía mis alegatos de no requerir sus servicios, pero sin ponderar evidencias lo atribuía a mi locura.

Son temibles. En las sociedades sucede algo similar. Pequeños grupos de personas pueden llegar al convencimiento de que ellos hacen parte de una minoría con el don, capacidad, conocimientos o altura moral para discernir peligros y marcar derroteros que otros, la mayoría ciega, no ven ni entienden. ¡Son Neo en la Matrix! Intentar una conversación con personas de semejantes ínfulas puede ser irritante, pero, cuando se imponen políticamente son realmente temibles. Su vocación redentora no conoce límites y pueden llegar a excusar grandes dolores de sus pacientes, en la necesidad de conducirlos a su destino.

No importa si se trata de una vanguardia revolucionaria que discierne el rumbo histórico del pueblo, de una junta militar que sabe de las exigencias de la seguridad nacional, de talibanes consagrados purificando el mundo, del elitista que sufre porque “la gradería de sol” llegó al Congreso o del presidente iluminado que desprecia el multilateralismo internacional para desplegar unilateralmente su fuerza militar. El denominador común es la autoconciencia del grupito de saber lo que debe hacerse a favor de una mayoría alienada que, en tanto ignora su condición, no debe ser consultada sobre su destino.

Para evitar que mi antigua pesadilla se haga realidad abogo por la democracia. Aquel sistema político en el que la comunidad reconoce en cada individuo un sujeto con capacidad para decidir sobre su destino y el de su comunidad. El sistema que mediatiza esas voluntades a través de mecanismos formales para no ser presa de los muchos intérpretes del “clamor popular”. El sistema en que el poder público no es monolítico, es otorgado por la mayoría, encuentra el límite de su ejercicio en libertades individuales y prerrogativas consensualmente definidas, está sujeto al control civil y es periódicamente renovado por la mayoría. Es decir, la única democracia capaz de espantar mis miedos es la institucional y liberal.

Espacio para todos. En ella todos encuentran espacio para persuadir de sus ideas, incluso quienes no suscriben sus valores. Pero, a estos últimos, el ejercicio del poder les está vedado. Deberán consolarse restringiendo su mesianismo a los fueros de sus pobres familias y de los pequeños rebaños que logren conformar. Todos los demás, aquellos que reconocemos en nuestros semejantes otros que válidamente pueden discrepar sin que debamos calificarlos de corruptos o ignorantes, podemos disfrutar plenamente de la democracia. Cierto, es lenta. Carece de la eficiencia represora que dio a luz “el milagro chileno”; no goza de la espectacularidad transformadora del “proceso bolivariano” que hoy nada en petróleo. Pero sus avances son más sólidos, por ser más “potables” políticamente hablando; más importante aún, solo en ella están las condiciones dadas para afirmarme como ser humano en comunidad.

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