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/LA NACIÓN

80 años no es nada

Leer las memorias de Alberto Cañas es hablar con él, disfrutar de su estilo simple y ameno

Mario Madrigal
papasil@ice.co.cr
Periodistay escritor

Para escribir un artículo para esta misma página sobre la última obra de Alberto Cañas, Jueves Santo , hablé con el autor, quien me dio información muy valiosa sobre la pieza, y aproveché para preguntarle si se acordaba en qué circunstancias y cuando nos habíamos conocido. No se acordaba y yo tampoco. Lo único que los dos sabíamos era que hemos sido amigos toda la vida. “Tal vez”–agregó Beto– fue porque vos desde muy jovencillo fuiste muy amigo de mi cuñado Francisco Collado”.

A través de los años hemos coincidido en conciertos, estrenos de teatro y cine cultural. Además, durante varios años fuimos compañeros en la Junta Directiva de la Fundación de la Compañía Nacional de Teatro. En esas reuniones a veces discrepábamos; Beto, con la vehemencia que lo caracteriza, pero siempre en un marco de respeto mutuo. Recuerdo una vez que viajamos juntos a Guatemala para la boda de Ricardo y Caty de Collado. El trayecto de la capital a Quetzaltenango la hicimos en un autobús, lo que nos permitió una larga conversación sobre temas literarios y teatrales, mientras disfrutábamos de la belleza de los campos de labranza, en los cuales los indios eran una parte del paisaje. En una parada del autobús, unos niños indígenas vendían tres muñecas hechas de maíz por un dólar, y un pasajero que, me consta, es millonario, regateó hasta que las obtuvo por $0,75. Y luego mostró, como un trofeo, las muñecas, orgulloso de haberle escamoteado $0,25 a unos pobres indios que ganaban apenas para no morirse de hambre.

Descalzo. La boda se celebró en una vieja y bella iglesia a las siete de la noche, por lo que esa tarde aproveché para jugar tenis hasta que el club cerró sus puertas. Al llegar al hotel me di cuenta de que, por la premura de regresar, había dejado mis zapatos negros para la boda y solo tenía los de tenis. La boda era muy elegante y formal, y casi todos los invitados iban con vestidos largos las mujeres y con esmoquin los hombres. Los que no teníamos esa prenda de vestir llevábamos un traje negro. Desfilar con zapatos tenis era impensable, y Beto me sacó del apuro prestándome un par suyo, no negro pero, por lo menos, de cuero. Pero sus zapatos me apretaban y durante la fiesta no solo no pude bailar, sino que tuve que permanecer sentado con los pies descalzos ocultos por el largo mantel de la mesa.

Estos recuerdos me acompañan al leer las memorias de Alberto Cañas que acaba de publicar bajo el título 80 años no es nada , paráfrasis de la canción Volver , de El día que me quieras, de Carlos Gardel, película que cada vez que la veo me gusta más. Leer estas páginas llenas de recuerdos, de trozos importantes de nuestra política y nuestra historia es como hablar con Beto por su estilo simple y ameno. Las personas brotan como personajes de una novela, algunos con quienes compartí vivencias, como Jorge Arguedas, compañero de trabajo momentáneo y, también, de algunas aventuras galantes y nocturnas. También Isac Felipe Azofeifa, mentor mío en muchos campos, y Rodrigo Facio, el mejor profesor que tuve.

Pocas personas saben que un hombre tan brillante como fue Roberto Brenes Mesén no fue nombrado como primer rector de la Universidad de Costa Rica porque la arquidiócesis josefina vetó su nombre por ser agnóstico y teósofo. Entonces, como ahora, la Iglesia Católica siempre trata de apagar la inteligencia con su oscurantismo.

Treta. Cuando le encargaron que redactara un decreto para quitar la prohibición de que los negros pudieran venir a San José, encontró que esa prohibición no existía y había sido inventada por la “Northern” para evitar un éxodo de sus trabajadores. Entonces, junto con Alex Curling, redactó el decreto derogando cualquier prohibición que pudiera existir, sin especificar ninguna.

Es muy crítico de Daniel Oduber, actitud valiente en estos momentos que hay una cierta mea culpa creada por su inesperada muerte. Beto considera que el afán de poder de Oduber era “más que una obsesión, una monomanía”. “Su búsqueda incesante, denodada, obsesiva… de figuras abiertamente mediocres” y que algunos resultaran “para peor de males corruptos”.

80 años no es nada es un libro que todo costarricense debe leer, lo cual no es un sacrificio por lo ameno que es, si quiere saber las razones de nuestras fallas, así como de nuestros logros y, de esta manera, contribuir a crear un mejor futuro.

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