 El presidente electo de Ecuador Rafael Correa
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QUITO (AFP) -
El economista Rafael Correa asumirá el poder en Ecuador el lunes próximo empeñado en transformar al país más inestable de la región en un satélite de la nueva izquierda socialista, a través de severas reformas de ese corte que no han dejado de agitar a Bolivia y Venezuela.
De 43 años y con una formación académica en Europa y Estados Unidos, Correa se apresta a tomar juramento como el decimotercer presidente de Ecuador en tres décadas y por un período de cuatro años, tras su aplastante triunfo en segunda vuelta sobre el magnate bananero Alvaro Noboa.
Correa, un hombre temperamental pero de irreductible sonrisa, amigo del presidente venezolano Hugo Chávez, se enfrenta al singular reto de concluir el mandato, dado que en la última década ninguno de sus antecesores elegidos terminó la obra, presionados por revueltas sociales que se saldaron con su destitución.
El futuro gobernante, que al igual que Chávez pregona un "socialismo del siglo XXI", promete revolucionar la nación con una Asamblea Constituyente que modifique la Carta Política de 1998 e incorpore un nuevo modelo económico, político y social que sepulte la que llama "larga y triste noche neoliberal".
Para ello anunció que convocará a una consulta popular sobre la Asamblea el mismo día de su posesión sin esperar el visto bueno del Congreso o el Tribunal Supremo Electoral (TSE), un procedimiento tachado de ilegal por algunos juristas.
"La lucha recién empieza y esta es una reforma política profunda para democratizar los organismos de control, tener un Congreso que verdaderamente represente la ciudadanía y cambie esa Constitución que legitimó el neoliberalismo, sistema nefasto que nos destruyó", anticipó recientemente.
Y en su lenguaje esto equivale a "un cambio radical y rápido" al que se oponen sectores representados en el Legislativo que temen el cierre del mismo y ver convertido a Ecuador en una nueva Venezuela o Bolivia, donde la izquierda también agita la política interna.
"Correa quiere convertirse en un emperador al estilo Napoleón, y eso no lo podemos permitir. Una Asamblea podría destruir la vida democrática en Ecuador", advirtió el presidente del Parlamento, el derechista Jorge Cevallos.
Además Correa se ha comprometido a revisar el pago de la deuda externa de 10.328 millones de dólares (equivalente al 25,3% del Producto Interno Bruto) sin excluir una moratoria, así como los contratos con las petroleras extranjeras, golpeadas por la nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia.
El electo mandatario también excluirá al quinto productor sudamericano de petróleo de un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos y finalizará, en 2009, el acuerdo por el cual ese país opera desde un puerto ecuatoriano su principal puesto de avanzada contra el narcotráfico en la región.
Sin embargo, el gobierno de Correa ha descartado estatizar los medios de producción al estilo Chávez, aunque a cambio promete devolver al Estado el control de la educación y la salud.
"La nación no quiere maquillaje, no quiere un cambio para que nada cambie. El país no da más. La crisis política, social y económica que nos embarga es real", expresó el designado ministro de Gobierno (Interior), Gustavo Larrea.
Así la confrontación entre Ejecutivo y Congreso -aderezada por el respaldo activo de los indígenas al nuevo gobierno- parecía inevitable, aunque un cambio de última hora alteró la balanza y Correa pareció rodearse de una mayoría parlamentaria favorable a una Asamblea con poderes ilimitados.
El partido del derrocado ex presidente Lucio Gutiérrez dejó la oposición y conformó una nueva mayoría parlamentaria favorable al plan reformador de Correa, en un sorpresivo giro condicionado a que el próximo jefe de Estado convoque la Asamblea a través del Congreso. Sólo Correa dará la respuesta.
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