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Crónica. Capitán impidió suicidio de pescadores náufragos El capitán del barco ‘Piscis III’, Gregorio Collado Tylor, de 41 años, revela detalles inéditos de la odisea que enfrentó en compañía de cuatro pescadores, de entre 15 y 18 años, incluidos sus hijos, durante 45 días a la deriva en aguas del océano PacíficoPor Nicolás Aguilar R. Llevaba varios días sin dormir porque sabía que los cuatro muchachos estaban mal; tres de ellos, incluido uno de mis hijos, amenazaban con suicidarse y tenía que vigilarlos a toda hora para que no cometieran una locura. Las cosas iban de mal en peor. La comida se había acabado casi un mes antes y solo nos quedaba agua para cuando mucho tres días. Decidimos tomar solo medio vaso por día pero sé que los muchachos me desobedecían, algunos se levantan de madrugada para tomar más agua de la establecida. Yo no puedo culparlos. Son demasiado jóvenes y ninguno tiene suficiente experiencia en el duro trabajo de la pesca, oficio al que, como yo, llegaron por necesidad abandonando estudios y sueños.
Mi tripulación ya daba claras muestras de un desgaste físico y emocional tremendos. Tienen los labios resquebrajados, algunos ampollas en brazos y espalda, otros los pies hinchados y todos sufren de diarrea debido a la carne de tortuga que comemos desde hace ya muchos días. Los miro a los ojos y solo veo rabia, angustia, miedo y desesperación. No es para menos. La tormenta arrecia y grandes olas golpean con furia nuestra embarcación, la Piscis III, un viejo barco de 35 pies (12 m) de largo que cruje amenazando con desarmarse en cualquier momento. Les grito que se agarren de cualquier cosa, que no se suelten, que Dios nos cuidará siempre. Nuestra lancha es lanzada de un lado a otro, subiendo y cayendo pesadamente en medio de un crujido de madera que me aturde y, lo reconozco, me asusta porque llevo años en el mar y la he visto a palitos en muchas tempestades. Encerrados bajo cubierta, en la oscuridad porque el sistema eléctrico se dañó dos días después de zarpar, los escucho sollozar como niños y, entonces, callo. Nada de lo que les diga puede tranquilizarlos.
Los comprendo perfectamente. La verdad es que se me vienen las lágrimas y le doy gracias a Dios por la oscuridad, porque así no podían verme llorar. Esa noche pasé orando, pidiéndole a Dios fortaleza para sacar adelante a esos muchachos. Cuando mejoró el tiempo, mis hijos Mínor Manuel, de 17 años y Deirin Gregorio, de 18, temblaban de pies a cabeza y no dejaban de vomitar. Kevin Avilés Reyes, el menor de todos, de 15 años, estaba tirado en el camarote llorando desconsoladamente, repitiendo a gritos que moriríamos, que todo lo que hiciéramos sería inútil. Más allá, Róger Quintero Dávila, de 18, se agarraba la cabeza y me miraba con enfado. “Capitán, verdad qué vamos a morir…”, exclama, antes de subir corriendo para seguir llorando en cubierta. Camino al infierno.Zarpamos de Playas del Coco, en Carrillo, Guanacaste, a las 11 a. m. del 16 de noviembre del 2006. Llevamos alimentos para 14 días, tiempo suficiente para sacar del mar una buena carga de tiburones, atunes, dorados y peces vela. Ganaríamos suficiente dinero para pasar una buena Navidad y fin de año. Nos dirigimos hacia el Golfo de Papagayo, donde la pesca siempre es buena. El cielo despejado, el mar celeste y mansito. La mañana del 17 lanzamos nuestra primera línea; un largo tendido de cuerda con 900 anzuelos, y esa misma tarde recogimos una buena cantidad de peces. Curiosamente, en el primer anzuelo venía un pez dorado de unos 16 kilos; eso, pensamos, era señal inequívoca de buena suerte. ¡Nos iría de maravilla! , le comenté a los muchachos. Pero las cosas empezaron a salir mal al día siguiente. Encendí el motor, escuché un ruido extraño y supe que algo malo pasaba. Muy pronto descubrí que no funcionaba el reversible y perdimos el sistema de enfriamiento del motor, el cual no podía forzar porque se recalentaría. Quedamos a la deriva y las montañas que habíamos visto un día antes, se convirtieron muy pronto en una línea borrosa, cada vez más difícil de distinguir. Tomé el radio y gracias a Dios me contestó el capitán de una embarcación pesquera a quien rogué por ayuda. Dijo que nos auxiliaría pero nunca llegó, nos abandonó a nuestra propia suerte.
A partir de ese momento, la angustia se apoderó de todos y empezamos a vivir el peor de los calvarios, nuestro propio infierno. Le dije a los muchachos que aquello no era un castigo de Dios, que solo era una prueba y que aún existían los milagros. Sin embargo, con el paso de los días y las semanas, sin alimentos, sin suficiente agua, la locura se fue apoderando poco a poco de ellos. Kevin Avilés, de 15 años, el más joven de todos, lleva varios días tirado en el camarote, no come, no se baña, no habla con nadie. Tiene un mecate oculto en un bolso del que nunca se desprende; piensa ahorcarse cuando yo me duerma, cuando deje de vigilarlo. Róger también ha perdido la fe y ha dicho que prefiere morir a seguir sufriendo. Les reitero que muy pronto nos rescatarán, que no pierdan la fe pero todo parece en vano. Deirin, uno de mis hijos, también luce afligido y temo que haga una tontería. Casi dos semanas después, de noche, divisamos las luces de un barco y todos corren para encender una fogata sobre cubierta. Arrancamos tablas, quemamos cobijas, ropa y otros utensilios, convencidos de que muy pronto seremos rescatados. El barco, sigue caprichosamente su camino. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis barcos, dos aviones y dos helicópteros pasaron cerca pero, pese a todos esfuerzos, dejando medio desarmada la embarcación para hacer fuego y señales de humo, nunca se detuvieron. Algo raro pasaba. Pensé que aquello era un mensaje de Dios y reuní a todos para que me dijeran en qué le estaban fallando al Señor. Mis hijos me contaron de sus cosas, igual Kevin y Róger, y esa noche nos reconciliamos con el Creador. Un día después, el 31 de diciembre, un barco apareció . Salimos y llenos de alegría corrimos por las últimas cobijas y ropa que nos quedaban para hacer una fogata. Esta vez, cogimos unos plásticos para hacer señales y esperamos una respuesta. Pero el barco, para nuestro infortunio, siguió su marcha y regresamos cabizbajos a nuestros camarotes. Aún existen milagros, les repetí, en otro vano intento por tranquilizarlos. Ellos no respondieron nada y en sus ojos asomaron más lágrimas. Pero Dios tenía preparada una sorpresa. Aquel barco giró de repente y muy pronto lo tuvimos al frente, cinco marineros polacos se acercaron en un bote y uno de ellos hablaba un poquito español. Cuando le dije que llevábamos más de mes y medio a la deriva abrió los ojos y respondió que él no hubiera aguantado tanto sufrimiento. Nos abrazamos, oramos y lloramos de felicidad. Subimos al barco Warrior y nos tenían una mesa llena de comida. ¡Dios había hecho el milagro cuando nos esperaba una espantosa muerte!
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