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Las enseñanzas “políticas”


Alejandro A. Tagliavinì*
©FIRMAS PRESS@nacion.com
*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California@nacion.com


Aunque la Iglesia no es una institución política, a mi modo de ver, el tradicional mensaje navideño urbi et orbi que pronunció el Papa está cargado de implicaciones. Dos conceptos, precisamente relacionados entre sí, fueron centrales: la violencia y el racionalismo. Muchos creen que la capacidad de “raciocinio matemático” del hombre es tan potente que puede descubrir la verdad de manera absoluta. De esta manera, como “conoce la verdad con absoluta certeza”, tiene derecho (y hasta obligación) de imponerla coactivamente, con fuerza policial, utilizando la violencia de las armas.

No se trata de dejar de creer en la razón humana, sino de aceptar que, en un mayor o menor grado, siempre se equivoca y, por consiguiente, nadie tiene derecho a imponer nada.

Antes era la mecánica clásica (newtoniana); después, la teoría de la relatividad que hoy ya no parece tan cierta, por citar un ejemplo del siempre imperfecto cerebro humano.

Desgarradora petición. Benedicto XVI pidió que la humanidad, que adora la tecnología, no presuma que puede vivir sin Dios. Es vergonzoso que muchos sigan sordos a la “desgarradora petición de ayuda” de los que mueren por el hambre, la pobreza, la guerra y el terrorismo. Además pidió terminar con la “violencia feroz” de Medio Oriente y solucionar los conflictos fratricidas de África.

La violencia es vergonzosa. No se trata del “pacifismo” hipócrita que solía financiar la antigua URSS –la paz de los cementerios (impuesto por la violencia de las armas tiránicas)–, sino de aceptar lo que desde la escolástica medieval ya se sabía: que la violencia es siempre destructiva y que, por tanto, la autoridad y el orden (cualesquiera que sean) impuestos por la fuerza de las armas son engañosos. La paz no es el resultado de la guerra, sino de aceptar el valor infinito (sin límites) de cada persona.

No es creíble que Dios haya creado un mundo con niños hambrientos. Sí es creíble que el hambre y la miseria son producto del hombre. Dicen los economistas que, precisamente, son el resultado de la imposición coactiva por parte de los Estados de leyes laborales, que provocan desocupación y demás. Es el hombre que pretende “salvarse” a sí mismo, con su razón, imponiendo sus ideas.

Inmigración obligada. El Papa, además, resaltó la inmigración a la que se ven obligadas personas en busca de condiciones de vida digna. También el rey España expresó en su tradicional mensaje navideño su “reconocimiento y gratitud” a los inmigrantes, que contribuyen “con su valioso esfuerzo” a que este país crezca por encima de la media europea, donde los españoles “nunca habíamos conseguido recorrer un período tan largo e intenso de paz, estabilidad, progreso y bienestar, en democracia y libertad”.

El Papa sabe que “todavía hay quienes están esclavizados, explotados y ofendidos en su dignidad... víctimas del odio racial y religioso, y se ven impedidos de profesar libremente su fe por intolerancias y discriminaciones, por injerencias políticas y coacciones físicas o morales”, según dijo.

“¿Tiene todavía valor y sentido un ‘Salvador’...?”, preguntó Benedicto XVI. Su respuesta fue que pareciera que no lo necesita, “pero no es así”, y recordó a los niños destrozados por las armas, por el terrorismo y por cualquier tipo de violencia y pidió abrir los corazones y acoger al Salvador para que su reino de paz y amor sea realidad.

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