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La tribuna del idioma: Ya vienen los Reyes Magos


Fernando Díez Losada
fdiez@nacion.com
Filólogo

Algunos años atrás comenté una de las más extrañas discordancias genéricas, a la que nos hemos acostumbrado. Me refiero a ese personaje navideño famoso en el mundo entero: Santa Claus. Dije entonces que por muy viejo, jovial y pasadito de libras, por muy regalón y amante de los niños que sea San Nicolás, no creo que le haga mucha gracia el que le digan santa. Santa es santa Teresa y santa Cecilia y santa Catalina... y todas las santas vírgenes, mártires y viudas que ornan los altares. Pero, ¡por Dios!, san Nicolás, ¿cómo puede ser santa?, ¿qué extraño hermafroditismo genérico le han endilgado al hombre bonachón del traje rojo?

En realidad, no es mi intención proponer nombres para este personaje que reparte regalos y alegría, pero ahí están el normal San Nicolás o –si les gusta más– el popular hipocorístico Colacho, y hasta el comunitario europeo Papá Noel.

Mucho menos pretendo resucitar viejos sueños como el de los Reyes Magos (aunque confieso que todavía siento latir la emoción de mi lejana niñez ibérica). Pero nosotros, los hispanohablantes, los que distinguimos a la perfección que santa es ella, y santo es él, ¿seguiremos teniendo la desvergüenza de llamar santa a un obispo con toda la barba?

Claro que en el campo de la competencia (me refiero a los Reyes Magos) también un buen estudio lingüístico tendría mucho que decir. El DRAE establece que mago se dice de una persona versada en la magia o que la practica. Y magia es el arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales.

Sin embargo, hay que contextualizar el término mago en su época, que se corresponde con sabios o astrólogos, cuyo origen podría ser babilónico o caldeo, aunque también hay quien los identifica con sacerdotes de alguna religión primitiva, que se encontraban a la espera del llamado Mesías.

Y, seguro, no eran reyes, como monarcas o soberanos de un reino, sino en su condición de personajes distinguidos.

Pero el nombre es lo de menos. Hace un par de noches, muchos niños, en muchos lugares del mundo, sintieron latir la emoción de los sueños felices.

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