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EN VELA Julio Rodríguez envela@nacion.com Sigamos con el cuento. Sí, que haya ricos, ojalá a montones, a punta de trabajo, empresa y visión, pero que paguen fielmente los impuestos y tiendan la mano, generosos, a los pobres. El gran capitalista Bill Gates es un buen ejemplo. Así, la riqueza se saborea con dignidad. Los necesitamos. No se puede ser rico en un imperio pobre y es más ultrajante la pobreza en un imperio rico. Tarde o temprano, estos edificios se derrumban. El dinero es necesario, aunque no sea condición suficiente, siempre que se lo valore como lo que es: un instrumento, no el fin. Margaret Thatcher decía, con razón, que nadie se acordaría del buen samaritano si, además de sus buenas intenciones, no hubiera tenido dinero. Causan risa, por ello, no pocos estudiantes y profesores universitarios, que maldicen el dinero, engendro capitalista, pero se echan a la calle en demanda de más dinero, producto, por cierto, de los empresarios capitalistas y de los trabajadores que, en ellas, pagan impuestos para que algunos de aquellos sigan con sus rollos y sus bibliogra- fías ideológicas contra las empresas capitalistas y contra los perversos neoliberales. Coherencia, se llama esta virtud intelectual. El dinero no es malo; usado adecuadamente es un bien. Lo malo es convertirlo en ídolo y, sobre todo, en fuente de cinismo, propia de quienes, tras una vida de chorizos, en el sector público o privado, se quieren presentar como émulos de la Madre Teresa (tan necesitada, por cierto, de dinero para los más pobres entre los pobres). ¡Qué cómodo es maldecir el dinero, una vez consumados e invertidos los chorizos! ¡Ah si algunas cuentas bancarias hablaran y contaran sus secretos, esto es, su paternidad y padrinazgo! ¡Ah si ciertos “nuevos ricos” pagasen los impuestos de acuerdo con su ostentación y su estilo de vida! ¡Ah si ciertos prohombres ticos le pagasen a la CCSS lo justo y merecido (o, antes, en la Costa Rica dorada, a la exprimida banca estatal), y trabajaran, algún día, los zánganos sociales, enamorados del pueblo y de la calle! ¡Ah si se cuantificasen los privilegios de leyes y convenciones! ¡Ah si se conociera el enigma de los contrabandos y de las “chizas”, y del lavado de dinero, y el monto real de las contribuciones políticas recibidas y atrapadas! ¡Ah si funcionara, de veras, la justicia tributaria! Jesús no condenó el dinero, estimuló el pago de los impuestos, pero fue implacable contra los cínicos, de todo gusto y pelambre, que él llamó sepulcros blanqueados... ¡Qué hermosa y cabal metáfora para los expertos en pensar una cosa, decir otra y hacer una tercera!
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