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EE. UU. y la migración Se están creando condiciones para una reforma integral, que supere los extremosCualquier estrategia será incompleta si no toma en cuenta la facilitación del comercio Con las elecciones de medio período a casi dos meses de distancia y con el inicio de la competencia por las candidaturas presidenciales aún lejano, es buena hora para que los dirigentes políticos de Estados Unidos se dediquen a una tarea de gran importancia: el diseño y ejecución de una reforma migratoria seria e inteligente. Es algo que, por suerte, ya está ocurriendo, tanto mediante iniciativas tomadas desde la Casa Blanca, como en el seno de la Cámara de Representantes y el Senado. Y en su buen resultado posible podrán ayudar tres cosas: la convicción del presidente George W. Bush sobre la conveniencia de un cambio responsable; el duro precio que tuvo que pagar su partido Repúblicano (en votos perdidos) por su respaldo al muro fronterizo con México, poco antes de los comicios de noviembre, y la nueva mayoría demócrata en ambas cámaras del Congreso. La urgencia de la reforma está sustentada en una simple realidad numérica. En 1970, 6,9 millones de habitantes de Estados Unidos (4,7% de su población) eran inmigrantes. En el 2006 llegaron a 35 millones (un 12% del total). De ellos, más de la tercera parte son ilegales, 80% provenientes de América Latina y la mayoría, mexicanos. Se estima que el número crece en un millón anual. De esta situación emergen dos desafíos fundamentales que deberán ser tomados en cuenta. El primero, qué hacer con los 12 millones de inmigrantes ilegales que ya están dentro. El segundo, cómo comportarse frente a los que quieren entrar, sobre todo cruzando la frontera sur. Las recetas abundan en una larga escala que va desde el rechazo y la expulsión hasta la tolerancia total. Sin embargo, cada vez parece más posible un acuerdo bipartidista, centrado en la moderación y construido alrededor de ciertas premisas básicas: La primera es que, más que político, económico y social, la migración es un fenómeno humano; por ende, extremadamente delicado y difícil de enmarcar en reglas y procedimientos extremos e insensibles. Siempre habrá necesidades y motivaciones tan profundas que desafiarán –a menudo con éxito– las normas de los burócratas o la rudeza de los policías. El mercado de “papeles” falsos, la protección familiar a los ilegales y el flujo continuo por la frontera sur lo atestiguan claramente, como también lo hicieron los inmigrantes-ciudadanos que votaron contra los republicanos. La segunda premisa es que la migración no solo ocurre porque gente a quienes les va mal en sus países buscan mejores oportunidades en otros, sino porque en estos las necesitan. Si no, que lo digan los empresarios agrícolas de California, los hoteleros de todo el país y la Cámara de Comercio Americana, opuestos al muro fronterizo. Y también parece existir creciente convicción de que, como el desafío es tan grande (en números y facetas), requiere un abordaje integral, en el que aspectos como educación, trabajo y seguridad social son esenciales. Unas pocas medidas en unos pocos ámbitos dejarán el abordaje a medias. En el tratamiento integral del problema, sin embargo, existe un asunto pendiente de enorme envergadura: cómo mejorar las condiciones de los países del hemisferio, de modo que cada vez le vaya mejor a más gente y, por tanto, tengan menos incentivos para asumir los riesgos de la migración ilegal. Se trata de una consideración que, aunque sea planteada en términos muy pragmáticos, posee, además, una profunda dimensión ética, enraizada en las mejores tradiciones de la política exterior estadounidense. La respuesta se relaciona con el fenómeno del desarrollo, que siempre ha dependido más de variables internas (buenos gobiernos, sobre todo) que externas. Pero entre estas existe una que sí resulta indispensable: el comercio; en otras palabras, el acceso a mercados para los productos de los países que expulsan población. Como ha dicho en más de una oportunidad el presidente Óscar Arias, para evitar que los países latinoamericanos exporten población, deben existir buenas condiciones (internas y externas) para que atraigamos inversiones, exportemos productos y vendamos servicios. En este ámbito, los demócratas tienen la posición más miope, que contradice su actitud más tolerante hacia la migración. Con el argumento de “defender” puestos de trabajo en su país, se muestran renuentes a nuevos tratados de libre comercio y, en general, a la reducción de barreras al libre flujo de bienes y servicios, algo vital para el desarrollo de nuestros países y, en general, del mundo. Es necesario que los demócratas entiendan que una buena política migratoria, en un país de la dimensión de Estados Unidos, exige también una buena y abierta política comercial. De lo contrario, se mantendrá viva la principal fuente de la expulsión de población en varios países, que es la pobreza. Este entendimiento será clave, sobre todo a partir de este mes de enero, con su dominio de ambas cámaras del Congreso.
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