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Sangre y carne de tortugas salvaron a cinco pescadores Hicieron señales a varios aviones y barcos, pero ninguno les prestó auxilioNavío los rescató el 31 de diciembre cuando estaban a punto de zozobrar Nicolás Aguilar R. y Freddy Parrales naguilar@nacion.com Golfito, Puntarenas. Con sangre y carne de tortuga, los cinco tripulantes del pesquero Piscis III pudieron sobrevivir durante mes y medio mientras estuvieron a la deriva en aguas del Pacífico. Aunque deshidratados y quemados por la brisa salina y el sol, los pescadores arribaron ayer al puerto de Golfito a bordo de una patrullera del Servicio Nacional de Guardacostas.
Son Deiry Taylor Guzmán, de 18 años; Kevin Avilés Reyes, de 15; Mainor Manuel Taylor Guzmán, de 17; Róger Quintero Dávila, de 18, y Gregorio Collado Taylor, de 42, capitán del barco. Tras desembarcar en Golfito, los cinco sobrevivientes se abrazaron y agradecieron a Dios por haberlos salvado. Los pescadores fueron rescatados la mañana del 31 de diciembre por un marco mercante polaco, a unas 100 millas (185 kilómetros) de las costas de El Salvador, cuando el Piscis III corría peligro de zozobrar después de 47 días a merced del océano Pacífico. Para entonces, habían usado parcialmente las paredes y otras porciones del Piscis III para hacer improvisadas fogatas en un intento por llamar la atención de aviones y barcos que avistaron mar adentro. Pero todo fue inútil. Nadie les prestó ayuda. La Piscis III zarpó de Playas del Coco, en Carrillo, Guanacaste, el 16 de noviembre. Pensó morir.Aunque se encomendaban a Dios diariamente, la desesperación estuvo a punto de vencerlos en varias ocasiones. “Hubo momentos en los que pensé quitarme la vida y por eso andaba siempre un mecate. No quería morir ahogado, mucho menos lejos de mi hogar”, manifestó Deiry Taylor. Por su parte, el capitán de la embarcación, Gregorio Collado Taylor, confesó que en varias oportunidades se encerró en un camarote para llorar por la angustia y la desesperación. “No quería preocupar a nadie. Cuando quedamos a la deriva, debido a un desperfecto mecánico, no supe cómo informarle eso a la tripulación”, añadió. Cuando se los dijo, les sugirió encomendarse a Dios. A partir de ese momento, trabajaron en equipo para recolectar agua llovida y capturar tortugas. La sangre y carne de estas los mantuvo fuertes, aseguraron. Cuando el agua escaseó, optaron por tomar solo “media tacita” al día y todos cumplieron sin quejarse. Muchas noches, no recuerdan cuántas, pasaron en vela, “con los ojos abiertos y el corazón en la mano”, rememoró Avilés, por el oleaje que amenazaba a la embarcación. Deiry Taylor dijo: “Lo más angustiante era avistar un barco, quemar todo lo que teníamos, incluso sábanas y nuestra ropa, para luego verlo alejarse como si nada”.
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